Lo que la doctora me hizo y nunca contaré en casa
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Tres meses después de dejarlo, la vi besándose con otro en aquel bar. Esa misma noche entré en uno de ambiente y empecé a hundirme sin saber hasta dónde llegaría.
Aquella tarde entró en el bar como si llevara horas esperándome. Lo que vino después fue lo que me cambió, no el sexo: lo que me hicieron descubrir.
Treinta candidatas, un rector con demasiado poder y yo con treinta y ocho años y toda la experiencia del mundo. Pensé que podía manejarlo. Me equivoqué a medias.
Cuando ella le ajustó la postura por tercera vez y sintió la presión bajo los shorts, decidió que esa mañana la sesión iba a ser muy distinta a las anteriores.
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Llevaba semanas sintiendo cómo se demoraba en abrazarme y cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Esa madrugada decidí dejar de fingir.
Me levanté a las tres de la mañana por unos gemidos que no podía ignorar. La puerta de mi madre estaba entornada y yo me quedé clavado en el pasillo.
Entré a esa zona restringida a propósito. Había algo en esos hombres uniformados que me atraía desde que llegamos, y yo sabía exactamente lo que buscaba.
El gimnasio aún no había abierto cuando ella le tiró de la muñeca y lo metió en el vestuario vacío. Esa clase no estaba en el menú de la app.
Cuando el tráiler entró al aparcamiento del mesón, ninguna de las tres pensaba en él. Esa misma semana, las tres terminaron debajo del mismo hombre.
La primera vez que Valeria vio a Marcos, él era su cliente. La última vez que lo vio en esa celda, ya no lo era solo.
Llevábamos tres días casados cuando Adrián me susurró al oído en pleno café romano lo que iba a pasar. Debí decir que no. No lo dije.
Aquella mañana entré al penal con una buena noticia para mi cliente. Salí con la blusa arrugada, el pelo revuelto y un secreto que jamás contaría.
Llamó desde el baño, con la canilla abierta para que nadie la escuchara. Escuchó «dominación», «sumisión», «un año sin salida». Y aun así firmó.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Rodrigo la miró sin disimulo junto a los baños termales. Sofía tenía los ojos cerrados y el cuello largo expuesto al sol. Claudia lo vio y no dijo nada.