Lo que pasó en el gabinete de cera fue mi secreto
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Tres semanas después de descubrir los monitores ocultos del despacho de mi suegro, la pantalla parpadeó y se encendió sola, justo cuando él ya estaba detrás de su hija.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.
Cuando descorrí la cortina para mirarme al espejo, ella estaba ahí, apoyada en la pared, mirándome como si ya supiera lo que iba a pasar después.
La sesión de yoga del viernes empezó como un juego silencioso de miradas y terminó con su cuerpo pegado al mío en la sala de juegos de mi padre.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
Le di un abrazo para consolarlo y entonces sentí su erección contra mi cadera. En ese instante supe que ninguno de los dos iba a volver a ser el mismo.
El vestido era de voile azul, casi transparente. Mi padre estaba enfrente. Mi marido a la izquierda. Y el invitado francés todavía no entendía qué iba a pasar esa noche.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Iba a recoger unas bolsas que mi mujer había olvidado, pero la puerta del jardín estaba entreabierta y la escena del otro lado me cambió la cabeza para siempre.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Lo escuché aparcar en la entrada y no me cubrí. Abrí las piernas en el sofá, moví la tanga a un lado y empecé a tocarme antes de que entrara.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Carmen me esperaba cada noche en su cuarto. El sábado en que mi hermana volvió, entendí que el pacto que habíamos sellado iba a reescribirse otra vez.
Crucé el umbral del palacio con la máscara dorada y el corazón galopando. Aquella noche, varias manos enmascaradas me esperaban mientras él miraba desde las sombras.