Mi tía me encontró inconsciente en aquella cueva
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Andrés tocó el timbre cuando solo yo estaba en casa. Le ofrecí esperar a mi madre en el sofá; lo que pasó después borró cualquier rastro de inocencia.
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Cuando se encendió la cámara, ella ya esperaba a los dos chicos sentada en el sofá. Yo no podía apartar la vista ni dejar de tocarme mientras los oía gemir.
Lo encontré en mi cama con una de mis bombachas en la mano y un fajo de billetes sobre la colcha. Lo que vino después no fue por la plata.
Mi prima se había ido a la playa con sus amigas. Cuando llamé al timbre, mi tía abrió la puerta con el delantal puesto y una sonrisa que no le había visto nunca antes.
Llevaba años fingiendo que no miraba los pechos de mi hermana. Aquella tarde, los tres metidos en la bañera, dejé de fingir.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Cuando le quité la bata y la vi en ropa interior blanca de encaje, supe que aquella boda no iba a empezar como ella esperaba.
Mi mujer estaba de viaje y mi suegra entró a traerme el desayuno a la cama. Yo seguía desnudo y con una erección imposible de disimular.
Cuando mi marido cruzó la puerta con la maleta, dejé caer la bata en el pasillo y entré desnuda en la habitación de mi hijo.
Estaba dormido en el sofá, en calzoncillos, con una erección imposible de disimular. Era mi tío, había llegado el día anterior, y yo tenía veinte años.
Lo deseaba desde mis primeros amantes y nunca me atreví a decírselo. Aquella tarde, frente a su cámara, descubrí que mi hermano también llevaba años aguantando lo mismo.
Aquella noche su mano me rozó la pierna debajo del mantel y siguió subiendo. Quise creer que era el vino, pero la siguiente reunión despejó toda duda.
Cuando llamé a casa para avisar que no llegaríamos, supe que mentía dos veces: no íbamos a ninguna casa de su amiga, y no íbamos a dormir en camas separadas.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
Apareció en la puerta sin avisar, con cara de pelea y una botella bajo el brazo. A las tres de la madrugada nada de lo que sabía sobre él era cierto.
Cuando los cepillos del lavadero borraron el mundo de afuera, mi hermana se inclinó sobre el asiento, me apartó el pelo de la frente y susurró algo que ya no podía ignorar.
Llevaba un mes en coma cuando una mano cálida bajó la sábana en plena madrugada. Solo cuando abrí los ojos descubrí quién había decidido despertarme.