Lo que pasó en la cabina del camión ese verano
El calor de julio aplastaba la autopista. Cuando Diego bajó del camión y caminó hacia mí, entendí que la avería iba a ser el mejor accidente de mi vida.
El calor de julio aplastaba la autopista. Cuando Diego bajó del camión y caminó hacia mí, entendí que la avería iba a ser el mejor accidente de mi vida.
Cada tarde ponía el dildo en la silla y seguía trabajando. Me estaba preparando para darle a Marcos lo que llevaba meses pidiéndome.
Estaba desnuda cuando escuché la música. Me giré y ahí estaba Sofía, de rodillas, con una cajita en las manos y los ojos llenos de lágrimas.
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Llegué al gimnasio con el cabello húmedo, sin ropa interior y temblando. Él me esperaba en la puerta. Cuando cerró la llave, supe que no había vuelta atrás.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Me planté en la sala con tacos, tanga y corpiño de aro, los pechos completamente al aire. Las otras chicas me miraban boquiabiertas. Yo nunca había pisado un lugar así.
Me pidieron que entretuviera a su hermana y mirara para otro lado. Era un plan razonable hasta que Valeria decidió que no iba a dejarse ignorar.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
La voz más poderosa del país me puso su tarjeta en la mano con una sola instrucción. Media hora después, yo estaba frente a su puerta.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Cuando su mano me ajustó la postura desde atrás, sentí su cuerpo contra el mío y supe que lo que venía no tenía nada que ver con el entrenamiento.
Iba al gym sin ropa interior a propósito, para que se notara todo. Después de semanas de miradas, él por fin se acercó con una propuesta que no dejaba margen de duda.
Subió al piso 28 con el vestido morado y los tacones de aguja sabiendo lo que iba a pasar. Lo que no esperaba era que su cuerpo no obedeciera la promesa de no sentir.
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Lo seguí en Instagram por curiosidad y terminé leyendo sus textos a medianoche con el corazón acelerado. Solo texto. Solo palabras. Solo él.
Abrió la puerta del carro con una calma que no esperaba. Sin fotos, sin nombres, sin saber qué vendría. Subió, cerró la puerta, y todo cambió.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando ese tipo le puso las manos encima en la pista, esperé que ella se apartara. No lo hizo. Y yo, en vez de levantarme, sentí algo oscuro y caliente por dentro.
Cuando subí al cuarto las encontré en ropa interior, riéndose. Habían intercambiado la lencería. No supe si era un juego o una invitación.