Nos descubrieron en el vestuario y no paramos
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Estaba a punto de llegar al hostal cuando sonó su teléfono. Se quedó blanco. Yo me quedé ardiendo, con el abrigo y las medias, a veinte minutos de casa.
Cuando me ofreció llevarme al súper en su auto, pensé en ahorrarle tiempo a mi marido. Fue la última vez que pensé en él esa noche.
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Llegó al salón con un vestido negro y una sonrisa que sabía lo que hacía. Mi mujer la miraba igual que yo. Los tres sabíamos que aquella tarde no terminaría con el café.
Martín me escuchó en silencio mientras yo le contaba lo que había pasado con el marido de mi madre. Esa noche no dormí pensando en hacerlo.
Tenía diecinueve años y llevaba semanas provocándolo a propósito. No me arrepiento de nada.
Elena llevaba ocho años con el mismo hombre. Fue al estudio de un fotógrafo para hacerse unas fotos íntimas. Lo que encontró allí no cabía en ningún álbum.
Llevábamos dos años intentando tener un hijo sin resultado. Cuando el médico confirmó lo que sospechaba, tomé una decisión que aún me cuesta explicar.
Viajaba sola, con ese vestido que siempre me da problemas. Él se sentó a mi lado en el bus y supe desde el primer momento que ese viaje no iba a terminar como había planeado.
Habían prometido que no volvería a pasar. Pero cuando Marcos cruzó la sala y sus miradas se encontraron, la promesa duró exactamente tres segundos.
Tenía acceso a cada pantalla del local y nunca debí mirar. Pero cuando vi lo que hacían con mis fotos, algo se encendió en mí que no supe apagar.
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Cuando mi marido faltó ese día, Rodrigo llegó solo muy temprano. Lo que empezó con retos y preguntas incómodas terminó de una forma que nunca esperé.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Tenía las maletas en el pasillo y el taxi pedido para las seis. Entonces sonó el timbre y lo encontré al otro lado, con el teléfono en la mano.
La nieve nos dejó atrapados y ella salió del baño con solo el albornoz. Esa noche supe que no iba a ser capaz de seguir mirándola como antes.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave y me miró así, supe que las cajas de documentos eran solo una excusa para lo que vendría después.
Tenía quince años cuando las sorprendí la primera vez. Hoy, con veintidós, ya no puedo mirar esos recuerdos de la misma manera.