Dos semanas de miradas en el gym y lo que vino después
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Carlos me decía que era un hombre peligroso. Tenía razón. Pero nadie me había mirado así en meses, con esa clase de hambre cruda que no sabe disimular.
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.
Valentina dijo que iba a hacer la compra. Esa tarde, Nicolás canceló su reunión y volvió a casa antes. La chaqueta de Marcos colgaba en el perchero.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Empujé la puerta con la respiración contenida. Él dormía de lado, la sábana caída hasta la cintura. Si me iba en ese instante, no había pasado nada. No me fui.
Helena llegó dos horas antes del vuelo. Le había comprado un perfume para darle las gracias. Ella tenía otro plan para despedirse.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Cuando se inclinó frente a mí en la prensa de piernas, supe que aquel lunes a las siete menos cuarto no iba a ser un entrenamiento normal.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.