Cada noche luchaba contra el deseo por mi hijo
Esa mañana en la cocina, las manos de Mateo recorrieron mi cuerpo con una destreza que me hizo perder toda voluntad. Después, solo quedó la culpa y un deseo imposible de apagar.
Esa mañana en la cocina, las manos de Mateo recorrieron mi cuerpo con una destreza que me hizo perder toda voluntad. Después, solo quedó la culpa y un deseo imposible de apagar.
Bajé al bar del hotel a la una de la mañana. Cuando volví a mi cuarto, sin ropa interior y con la marca de su mano en el glúteo, supe que ese vuelo lo recordaría.
Empezó como cualquier siesta de verano: el ventilador girando, el calor pegado a la piel, y yo con demasiado tiempo y demasiados pensamientos.
Lo había visto en la app media hora antes: cincuentón, activo, con una foto que prometía. A medianoche estaba en su ascensor y ya no había vuelta atrás.
Nuestros anfitriones en Groenlandia nos explicaron que compartir el calor del cuerpo era la forma más profunda de dar la bienvenida. Esa noche entendimos qué significaba de verdad.
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.
Crucé las piernas para distraerlo sin saber que dos días después iba a estar de rodillas entre sus libros, mientras los demás chicos salían del instituto sin sospechar una sola cosa.
Llegué solo por curiosidad, prometiéndome que sería una copa y ya. Pero cuando la puerta se abrió antes de que tocara, entendí que él llevaba horas esperándome.
Llevaba siete días esperándolo. Cuando bajó del avión, mi cuerpo gritaba algo que él aún no sabía: estaba con la regla y, esa noche, no me importaba en absoluto.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Mi mujer me besó mientras un desconocido le retiraba el pelo de la nuca. En ese instante supe que el plan que yo había trazado había dejado de existir.
Sabía que estaba mal, pero cada mensaje suyo me dejaba más mojada. El sábado que mis padres salieron, le abrí la puerta sin sostén.
Acostada y sola en la cama, repaso aquella tarde en que me arrodillé detrás de su silla mientras él jugaba con el micrófono abierto y sus amigos.
Lo que empezo como un juego en el balcon se convirtio en una espiral de exhibicionismo, sumision y deseo que ninguno de los dos quiso frenar.
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.
Tenía el cursor parpadeando y él asomado a la puerta con esa pregunta que nunca sé cómo negarme. Esa tarde no fue un rapidito.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.