Mi prima me llevó a su casa después de la fiesta
Hacía cinco años que no la veía. La mujer que entró al patio aquella tarde no tenía nada que ver con la prima adolescente que yo recordaba.
Hacía cinco años que no la veía. La mujer que entró al patio aquella tarde no tenía nada que ver con la prima adolescente que yo recordaba.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.
Me prometí no volver a caer. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que todas mis reglas iban a romperse antes del amanecer.
Olía a tabaco y a campo, no a perfume caro. Cuando bajé a la cocina por agua a las tres de la mañana, supe que estaría ahí, fumando bajo la luna.
A los 23 años, sin trabajo y a punto de volver a casa de mis padres, acepté quitarme la ropa frente a una cámara. Lo que pasó después cambió mi vida.
El calor, el mar y dos parejas demasiado cómodas entre sí. Cuando los dos hombres se alejaron a por cervezas, ninguno imaginaba de qué terminarían hablando.
Llevaba semanas diciéndome que era lo correcto: poner distancia, coger ese avión y no mirar atrás. Pero cuando abrí la puerta y lo vi, todo se fue al traste.
Aquel armario de hombre comía un bocadillo en la barra. Bastó cruzar miradas para saber que esa noche iría a buscarlo a la puerta de la discoteca.
Cuando Valeria le corrigió la postura en la máquina, él no pudo evitar que se notara. Ella lo vio, sonrió y le propuso algo que no estaba en ningún programa.
Saqué sus bragas del cesto convencido de que dormía. Levanté la vista y ahí estaba ella, en la puerta, mirándome con la incredulidad ya convertida en otra cosa.
Cuando me llevó a la escalera de servicio del salón, ya hacía media hora que su mano había decidido por las dos. Yo solo dejé que sucediera.
El jardín estaba oscuro cuando Marcos me arrastró detrás de los setos. Lo que vino después, entre champán y cuerpos, no lo había planeado nadie.
Marcos se quitó la ropa con naturalidad. Lucía no se cubrió con toalla. La luz rojiza del pasillo convirtió su cuerpo en una invitación silenciosa.
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.
Demasiada cafeína para dormir, bajé al vestíbulo y allí estaba: rubia, elegante, con una taza de café entre las manos y esa sonrisa que no era del todo inocente.
Fui a pedir una copa y volví con dos hombres pegados a mí. Marcos observaba desde lejos, sin intervenir. No hasta que yo dije basta.
Cuando le dije a Iván que se quedara, ella aún sostenía la cerveza fría entre las manos y me miraba como si ya supiera lo que estaba a punto de pedirle.
Rodrigo me miró fijo y me dijo que sí, que lo hiciera, pero que quería verlo todo. Y yo, que creía que eso me daría vergüenza, sentí exactamente lo contrario.
La vendedora me aseguró que nadie podría verme. Cuando la caja cayó al piso, me quedé expuesta ante tres desconocidos que no pensaban marcharse.
Cuando empezaron los gemidos al otro lado de la pared, ella dormía a mi lado. Lo que vi en el espejo esa madrugada todavía no sé cómo contárselo a nadie.