Sola con él en la sala aquella tarde
Tres días después, volvió al club antes de tiempo. Ella llegó última, cerró la puerta, y el clic de ese pestillo fue la única señal que necesitaron.
Tres días después, volvió al club antes de tiempo. Ella llegó última, cerró la puerta, y el clic de ese pestillo fue la única señal que necesitaron.
Me detuvieron a las cuatro de la mañana y creí que todo estaba perdido. No imaginaba lo que mi abogada haría cuando entrara a esa celda a solas conmigo.
Los niños ya dormían a tres metros. Yo no podía hacer ruido. Pero cuando sus manos subieron por debajo del pijama, supe que esa noche no íbamos a dormirnos pronto.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Salí del aparcamiento sin saber adónde íbamos. Ella ya se había abierto el pantalón en el asiento del copiloto y no paraba de respirar fuerte.
Solo fue un fueguito en una story de postureo, pero tres horas después ya no llevaba bragas en mi coche.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Cuando escuché sus pasos descalzos hacia el baño, supe que esa madrugada iba a ser distinta. Llevaba meses imaginándola así, con el camisón mal abrochado.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Llevaba semanas sin que nadie me tocara. Cuando el chofer me miró por el espejo retrovisor con esa media sonrisa, supe que esa noche no iba a llegar sola a casa.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
El director me miró de arriba abajo cuando firmé el formulario. Llevaba doce años en esa empresa y sabía exactamente qué tenía que hacer para ganar.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
Me pidió que apoyara las manos en la pared y me mirara en el espejo. Afuera había gente. Adentro, solo sus dedos moviéndose bajo la falda.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.