Mi marido permitió que el dependiente me tocara
La minifalda apenas cubría mis nalgas cuando salí del probador. Diego sonrió al dependiente y le hizo una seña que yo no debía entender, pero entendí.
La minifalda apenas cubría mis nalgas cuando salí del probador. Diego sonrió al dependiente y le hizo una seña que yo no debía entender, pero entendí.
Tenía cuarenta y cinco días para perder todo o aceptar su propuesta. Cuando colgué el teléfono, no fue mi mano la que tembló. Fue algo que aún no sabía nombrar.
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Sabía que habría consecuencias por llegar tarde. Lo que no sabía era que Marcos había planeado algo mucho peor que un castigo.
Cuando entré en aquella aula clausurada del subsuelo, todavía pensaba que era un simulacro. La sonrisa de Tomás me dijo que me había equivocado en todo.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.
Por las mañanas era la esposa invisible de siempre. Por las noches escribía lo que no me atrevía a pedir. Hasta que alguien lo leyó y decidió dármelo.
Llegué al complejo buscando un cuerpo que obedeciera sin preguntar. Lo que encontré esa tarde superó todo lo que había imaginado.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Cuando le dije a Iván que se quedara, ella aún sostenía la cerveza fría entre las manos y me miraba como si ya supiera lo que estaba a punto de pedirle.
Le dije que confiaba en él con los ojos cerrados. No sabía que esa frase la tomaría tan literal esa noche de sábado, con tres desconocidos en su cuarto.
Cuando Valentina se quitó la blusa frente a mí sin ningún pudor, pensé que solo era confianza. No entendía aún lo que tenía planeado para esa tarde.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando ella abrió el bolso en el parking, Diego entendió que aquella tarde no iba a terminar como había imaginado.
El gas era casi invisible, pero sus efectos no. En segundos, el uniforme dejó de ser una armadura y se convirtió en algo que quemaba la piel desde adentro.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Cuando entré al departamento, las luces estaban apagadas y sobre la cama me esperaba un atuendo de látex en mi talla exacta. Damián sonrió desde la puerta.