La habitación 507 y los dos desconocidos que me sometieron
Abrí la puerta esperando a uno. Eran dos. Y traían una mochila con todo lo necesario para convertirme en su juguete durante horas.
Abrí la puerta esperando a uno. Eran dos. Y traían una mochila con todo lo necesario para convertirme en su juguete durante horas.
Me los probé uno a uno frente al espejo, con él observando desde el otro lado de la pantalla. No era moda. Era control puro.
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Aparcamos lejos de todo para no aguantar más. Cuando me arrodillé frente a él, alguien venía por el sendero. Y no se alejó. Se quedó mirando, sin disimular.
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.
Arrodillada frente a la cama, mojada y sin permiso para ducharse, Valeria empezó a entender que ser esclava no era solo follar: era aprender a hablar.
Marco aún tenía el café en la mano cuando ella lo miró a los ojos y dijo que necesitaba dos hombres a la vez. Ninguno esperaba que esa mañana cambiara las reglas del juego.
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Me prometieron una transformacion. Lo que encontre fue un infierno de sumision, castigo y humillacion donde mi cuerpo dejo de ser mio.
La presentaron a la casa como a una más, pero cuando la puerta de la habitación del Amo se cerró detrás de ella, Elena supo que nada la había preparado para esto.
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Había aceptado sus juegos de dominación antes. Pero lo que me pidió esa noche por teléfono era diferente a todo lo anterior. Y aun así, no colgué.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.
Me pidió que apoyara las manos en la pared y me mirara en el espejo. Afuera había gente. Adentro, solo sus dedos moviéndose bajo la falda.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
Mateo describió su fetiche como quien lee una receta: desnudarla, envolverla en plástico, abrir agujeros donde quisiera. Y supe que iba a pedirle que me lo hiciera a mí.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.