Cuatro años mirándola sin atreverme a hablar
Llevábamos cuatro años intercambiando miradas en ese bar. Ella con sus gafas, yo sin saber qué hacer con todo lo que sentía cada vez que me servía.
Llevábamos cuatro años intercambiando miradas en ese bar. Ella con sus gafas, yo sin saber qué hacer con todo lo que sentía cada vez que me servía.
Cuatro semanas sin verlo. Cuatro semanas intentando borrar el recuerdo de otras manos. Esa noche, Abril se convirtió en alguien que no reconocía.
Empujé la puerta esperando encontrarla dormida; la encontré con la tanga cerca de la boca y los ojos abiertos, esperándome sin pudor.
Firmé sin pensar demasiado. Nueve horas después entendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Y alguna parte retorcida de mí lo deseaba.
Ella no podía moverse mientras yo controlaba el mando en el bolsillo. A nuestro alrededor, mil extraños celebraban el Carnaval sin sospechar nada de lo que ocurría bajo el terciopelo.
Después de que mi padre y mi hermano terminaron conmigo, mi madre se acercó a la cama con una sonrisa que yo no le conocía. Esa noche todo cambió.