La noche que el juego nos sacó de control
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
La voz más poderosa del país me puso su tarjeta en la mano con una sola instrucción. Media hora después, yo estaba frente a su puerta.
Cuando su mano me ajustó la postura desde atrás, sentí su cuerpo contra el mío y supe que lo que venía no tenía nada que ver con el entrenamiento.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Nunca había tenido novio, nunca había estado con un hombre. Cuando la llevé a mi piso esa tarde, sus manos temblaban pero no se soltaron de mí.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Tres días sin poder ir al baño, un consultorio de lujo y una médica trans que me cobró la consulta a su manera. Lo que pasó allí dentro no se olvida.
Cuando lo veo por la mirilla sé que debería no abrir. Nunca lo hago. Hay algo en él que no puedo nombrar pero tampoco puedo ignorar.
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Hace meses les conté el primer trío de Camila. Esta vez, cuando volvió a sentarse en mi cama, supe que la historia iba a ser todavía más intensa.
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cuando Marta me dijo que había encontrado a las cuatro mujeres perfectas para mi castigo, supe que ya no había marcha atrás. Esa misma tarde firmé el contrato sin leer la mitad.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.