Lo que la doctora me hizo y nunca contaré en casa
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
Treinta candidatas, un rector con demasiado poder y yo con treinta y ocho años y toda la experiencia del mundo. Pensé que podía manejarlo. Me equivoqué a medias.
No era lesbiana y faltaban seis semanas para mi boda. Pero esa noche en el hotel, Elena me enseñó todo lo que nunca había querido admitir.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
Creí que participar significaba solo mirar. Esa noche, mi esposa me tomó de la nuca y me enseñó que mi papel en nuestro trío era completamente distinto.
Llamó desde el baño, con la canilla abierta para que nadie la escuchara. Escuchó «dominación», «sumisión», «un año sin salida». Y aun así firmó.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Llevaba tres años trabajando con él. Sabía exactamente lo que era, lo que fingía ser. Ese fin de semana en el resort, Rodrigo iba a conocerse de verdad.
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
Entré al salón y lo encontré esperándome con algo detrás de la espalda. Esa sonrisa me dijo antes que él que la noche no iba a ser normal.
Adrián tiró de su pelo, Daniela le tapó la boca, y el cuerpo de la guardaespaldas dejó de obedecerle. Ahí supo que la rendición tenía otro precio.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.
Tomás llevaba un año sin tocar a una mujer. Mi marido lo sabía cuando lo invitó a cenar. Y yo me puse la tanga roja sabiendo lo que iba a pasar.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Lo que empezó como un juego de seducción inocente se convirtió en sumisión total. Yo era el ama del juego, hasta que dejé de serlo.
Esa tarde junto a la piscina, ella se quitó la parte superior del bikini y todo cambió entre ellos. La tensión que llevaban días ignorando ya no tenía vuelta atrás.