La vecina voyeur que me desnudó desde su ventana
A las dos de la mañana levanté la persiana en calzoncillos, y mi vecina del bloque de enfrente ya me estaba esperando con la luz encendida.
A las dos de la mañana levanté la persiana en calzoncillos, y mi vecina del bloque de enfrente ya me estaba esperando con la luz encendida.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Creí que íbamos a cenar y hablar, pero mi vecina me llevó a un sitio donde todos parecían conocerla y yo terminé cruzando un límite.
Entró al dormitorio envuelta en una toalla para imponer respeto, pero terminó abierta de piernas, temblando y pidiendo que no dejaran de darle.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.
Cuando levanté la mirada del sofá, ella estaba en la puerta de mi salón, mirándome con una calma que tendría que haberme dado más miedo del que me dio.
Bastó verle aparecer al sol, con la piel reluciente, para que supiera que el hombre del bungalow de al lado no me iba a dejar dormir tranquila esas noches.
Tenía sesenta y dos años, una sonrisa descarada y dos cervezas en la nevera. Yo solo había ido a ordenarle los canales de la tele.
Cuando subía a tender la ropa no siempre tendía la ropa. Empezó con una mano en la cintura en la azotea, y terminó con las llaves en tu buzón y esta carta sobre la mesa.
Me lo crucé paseando al perro a medianoche, achispada por las cervezas, y le solté lo que llevaba semanas callándome: estoy sola, sube cuando quieras.
Ella se agachó a recoger los trozos de la taza rota sin saber que, desde el marco de la puerta, alguien la observaba sin respirar.
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Pensé que la casa de al lado estaba vacía. Cuando levanté la vista del libro y lo vi en el balcón, supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
Quedamos en algo sencillo: una llamada perdida cuando empezaran, y yo apareciendo en mi balcón como si fuera casualidad. Esa noche cambió todo.
Pensábamos que solo íbamos a tomar el sol sin ropa, pero la parcela de al lado tenía un espectáculo que ninguna de las dos pudo dejar de mirar.
Eran las tres de la madrugada y dos siluetas se movían dentro del agua. Me quedé mirando desde la ventana, sin saber que mi mujer ya estaba despierta detrás de mí.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Derramé el aceite a propósito, marqué su número y esperé. A mis años había aprendido que las oportunidades no se esperan: se fabrican.