El contrato de sumisión que no supimos leer
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando Héctor le puso la mano en la espalda a Sofía y ella no la retiró, entendí que ese viaje iba a ser distinto a todos los anteriores.
Una puerta entreabierta fue el comienzo. Después vino el espejo que instalé en su cuarto para verla mejor, noche tras noche.
Me lo contó por mensaje, como quien anuncia el clima. No pedía permiso. Solo me avisaba que en una hora él iba a estar dentro de su casa.
La vi en cuatro patas sobre el césped seco, con la cola esponjosa balanceándose entre las nalgas, y supe que esa tarde de domingo no iba a parecerse a ninguna otra.
Bajé al bar del hotel decidida a enfrentarlo, pero acabé volviendo a la habitación con la marca ardiente de su mano en una nalga y una orden que cumplí en el vuelo de vuelta.
Fui por agua a medianoche y la encontré sola frente a la lavadora. No me anuncié. Me quedé en el umbral, mirando, sin que pudiera irme.
Llevaba cuatro días intentando no hacer ruido en los pasillos. Esa noche ella me esperaba con una sonrisa que no era inocente y un plan que no podía negarme.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos toda la noche, brillando cada vez que ella se inclinaba para reírse con sus amigas. Yo solo podía servir.
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
Cuando Clara vio la cerradura oxidada del cuarto cuatro, no se asustó ni dudó. Suspiró, pidió la toalla de siempre y entró primero.
Empujé la puerta del garaje y me quedé paralizado. Mi madre y mi tía, en topless, con las manos vendadas, listas para combatir.
Llevábamos años en el mismo ritmo hasta que ella aceptó quitarse la ropa en una playa llena de extraños. Lo que vino después fue mejor de lo que imaginé.
No podía dormir. El calor me consumía desde adentro y ningún orgasmo era suficiente. Necesitaba que alguien me viera hacer lo que hago sola.
Conduje sesenta kilómetros para encontrar el silencio. Lo que no esperaba era una habitación que parecía diseñada exactamente para mis fantasías más privadas.
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Llegamos al motel calientes y llenos de expectativas. La fiesta no fue la orgía prometida, pero Miguel sabía exactamente cómo hacerme olvidar todo eso.
Lo que ese todoterreno guardaba después de aquel viaje no se podía contar en una factura de tapicería. Pero alguien tendría que pagarla, y no iba a ser él.
Cuando me susurró en la cama lo que quería para su cumpleaños, supe que esa noche todo cambiaría. El casino privado fue solo el principio.
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.