Me quedé desnuda en la tienda y todos me miraron
Había entrado a comprar un juguete. No esperaba terminar en el suelo de la tienda, completamente desnuda, con extraños mirándome desde el otro lado de una caja caída.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Había entrado a comprar un juguete. No esperaba terminar en el suelo de la tienda, completamente desnuda, con extraños mirándome desde el otro lado de una caja caída.
El crujido de la puerta me despertó. Reconocí la respiración de mi hermana antes de que mi marido dijera nada. Y decidí no abrir los ojos.
El cartel prometía orgía, parejas, strippers. Lo que pasó en ese motel fue otra cosa: él me desnudó delante de treinta desconocidos.
Cuando vi al desconocido pegado a la espalda de mi mujer, supe que nunca iba a olvidar esa imagen. Lo que no sabía es que aún faltaba lo peor.
Una cala escondida, un mirador sobre el mar y una apuesta: él tenía un minuto para hacerla llegar antes de que los pillaran.
Doce personas que nunca se habían visto, una casa con piscina en el campo y dos noches sin ropa. Yo lo monté todo. Nadie se fue decepcionado.
Desde que me subí al coche, sus ojos volvían al espejo una y otra vez. Era obvio que me miraba. Decidí hacer algo al respecto.
Solo llevaba un abrigo largo y botas de tacón. Su único plan era sentir las miradas de extraños recorriéndole el cuerpo mientras fingía hacer la compra.
Llevábamos tres años como amantes cuando me hizo esa propuesta. Quería verme con otro. Y saber que estaba mirando cambió todo lo que sentí esa noche.
Si nos hubieran dicho esa mañana que íbamos a terminar en una habitación con espejo en el techo, ninguno de los dos lo habría creído.
Cuando vi al hombre acercarse por el camino, él me apretó la cabeza con más fuerza. No pensaba detenerse. Ni yo quería que lo hiciera.
Él tardaba en cambiarse. Ella esperaba afuera. Y un grupo de turistas pasó por el lugar equivocado en el momento perfecto.
Cuando empujé la puerta del cuarto sin pensar, la toalla se le escurrió hasta el piso y nuestros ojos se cruzaron en el espejo durante un segundo demasiado largo.
Llegué sola al Tresor a las tres y media. Cuando bajé al sótano no buscaba a nadie; lo que pasó después con aquel brasileño aún no me atrevo a contárselo a mis amigas.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Vine a pasar la noche en su departamento y terminé desnuda en el sofá mientras su mejor amiga nos miraba desde el sillón, sin moverse y sin decir una sola palabra.
Veinte años de uniforme almidonado y nunca había temblado en un pasillo. Esa noche, con la cubeta de hielo en las manos, supe que iba a romperme.
Mateo nos lanzó la idea una tarde cualquiera: uniforme de clínica, autobús lleno, sin ropa interior. Era una locura. Aceptamos de todas formas.
Cuando me asomé a la ventana para descansar un momento, los vi en la piscina. Desnudos, besándose, completamente ajenos al mundo. Entendí que ese año iba a ser muy distinto.