La noche en que Gabriela bajó del escenario hacia mí
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Esa tarde todo parecía normal, una reunión entre amigos. Hasta que ella abrió la puerta de mi cuarto y me miró de arriba abajo, sin pedir permiso.
Valeria tenía veinticinco años, era la esposa de mi padre y me miraba como si no supiera si odiarme o devorarme. Yo tampoco lo sabía.
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Esa noche, sola en mi cama, recordé su piel desnuda y el calor de sus pechos hinchados, y supe que algo dentro de mí ya no podría volver atrás jamás.
Cerré la heladera despacio, con una jeringa en la mano. Solo yo sabía lo que estaba a punto de hacer en esa cocina.
Cuando las luces del escenario la iluminaron, dejé de verla como mi amiga. Solo veía a la mujer que llevaba años deseando sin atreverme a decírselo.
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.
Lucas lo propuso entre copa y copa, como si fuera una broma. Pero nadie se rió. Y ese silencio lo decía todo.
La villa era perfecta para una aventura: cuatro dormitorios, maridos pescando mar adentro y dos hombres que llegaban a las siete. Hasta que a las seis sonó el portón.
Éramos siete mujeres en ese departamento, el vino ya había hecho lo suyo, y Camila empezó a hablar. Lo que nos contó esa noche ninguna se lo esperaba.
No había venido a Málaga a buscar nada. Y sin embargo, Mateo apareció con sus veintiocho años y esos ojos que te hacen sentir que el mundo te debe algo.
Éramos cuatro personas de cuarenta años que nunca habían roto un plato. Raquel dijo que había que hacer algo que no pudiéramos contarle a nadie.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Cuando entré por la puerta de su casa, mi mejor amiga me esperaba con el instructor sentado al lado y una sonrisa que no admitía marcha atrás.
Fui a ese club de mala gana. Nicolás llegó a buscar a su hermana y se fue conmigo. Nadie lo sabe todavía, y tampoco me arrepiento.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Ella lo miraba como si lo conociera de toda la vida. Él sonreía demasiado. Y yo, frente a los dos, pensaba en lo que había hecho con cada uno por separado.
Cuando volvió la luz, vi lo que mi marido tenía entre las manos y supe que aquella propuesta de intercambio no era espontánea.