La noche del strip póker que cambió todo
Cuando entraron al boliche, Camila y Florencia querían pasarla bien. No sabían que esa noche terminaría con una apuesta que las dejaría sin nada que cubrir.
Cuando entraron al boliche, Camila y Florencia querían pasarla bien. No sabían que esa noche terminaría con una apuesta que las dejaría sin nada que cubrir.
Cuando Mateo le susurró que iba a probar algo que no se olvidaría más, Camila no sabía que esa noche su exmarido aparecería y dos oficiales le mostrarían qué significaba ganar.
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
El coche de Roberto desapareció tras la curva y Sofía miró a Raquel. Tenían tres horas, dos hombres esperando y un plan que parecía infalible.
Mi mejor amiga llegó empapada esa noche, con los ojos rojos de tanto llorar. Lo que pasó después de la tercera botella de vino no estaba en mis planes.
Cuando subí a su departamento impecable, no sabía que estábamos a una mano de cartas de algo que ninguna de las dos había hecho jamás.
No me frenó saber que Nadia estaba ahí con los ojos fijos en nosotros. Al contrario: su mirada encima de mí hizo que todo fuera más intenso.
Cuando la voz del comandante las paralizó, Vera supo que nada volvería a ser igual en ese barco. Lo que no sabía era que él llevaba semanas esperando ese momento.
A los treinta y dos años no sabía lo que era un orgasmo. Mi amiga Renata se rio, me sirvió otra copa y me prometió que el jueves siguiente lo iba a cambiar todo.
Marina creía que solo tenía envidia del novio de su amiga. Esa noche, cuando él dormía exhausto, ella cruzó el pasillo en silencio y golpeó la puerta de Daniela con un nudo en el estómago.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Cuando Carla se quitó la camisa y se sentó sobre mi marido, supe que el juego había cruzado una línea de la que ninguno de los cuatro queríamos volver.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Bebí mi café fingiendo concentrarme en el celular, pero los miraba a los dos. Si supieran que conocía cada centímetro de sus cuerpos por separado, ya nos habríamos ido los tres juntos.
Cuando vi cómo Daniela miraba a mi novia esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé es que yo terminaría suplicando que pasara.
Cuando subió al balcón a buscarme, fue su voz contra mi oído lo que me prendió. No estaba en mis planes terminar la noche con el hermano menor de mi mejor amiga.
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
La toalla cayó al suelo cuando ella abrió la puerta. Yo seguía húmeda de la ducha, y la mirada que me lanzó no tenía nada de inocente.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.