La noche de bodas que ninguno esperaba
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Solo quería despejarme por una noche. No esperaba que esa despedida de soltera, ese bar y ese hombre iban a quedarse en mí tanto tiempo.
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
La regla era simple: nada de enamorarse. Pero cuando Rocío me mandó ese audio a medianoche, supe que esto iba a complicarse más de lo que quería.
Cuando Clara vio la cerradura oxidada del cuarto cuatro, no se asustó ni dudó. Suspiró, pidió la toalla de siempre y entró primero.
La primera noche que oyeron a Marcos y Lucía al otro lado de la pared, Sofía supo que ese viaje no iba a terminar como había empezado.
Rodrigo llevaba rato mirándolas desde su toalla cuando Clara le hizo la señal. La playa vacía y el cielo en violeta hicieron el resto.
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.
Teníamos una semana para preparar el disfraz más atrevido. Yo llegué con minifalda y medias. Ella abrió la puerta de su cuarto sin una sola prenda encima.
La voz del comandante las paralizó a las dos. Llevaban apenas unos minutos solas en la enfermería del barco, y el tiempo que tenían ya no alcanzaba para nada.
Tomó otro sorbo de vino, me miró con esa sonrisa que anuncia confesión, y arrancó a contarme lo que realmente pasó esa noche en la casa alquilada.
Tenía quince años y no sabía lo que veía. Ahora, con veintidós, cada recuerdo de esas tardes cobra un significado completamente diferente.
Cuando sentí sus dedos en la oscuridad, lo primero que pensé fue en decirle que parara. Lo segundo fue no hacer nada de eso.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Llevaba doce años esperando que Valeria me mirara así. Esa noche por fin lo hizo, pero no de la forma que había imaginado.