Lo que pasó en la suite nupcial no estaba en los planes
Llevaba doce años fingiendo que aquella tarde en su piso no había significado nada. La barra libre de mi propia boda demostró lo contrario.
Llevaba doce años fingiendo que aquella tarde en su piso no había significado nada. La barra libre de mi propia boda demostró lo contrario.
La cuarta ronda de daiquiris bajó las defensas, pero nadie esperaba que la confesión de Daniela terminara con todas nosotras enredadas en la alfombra del living.
Llevábamos toda la vida haciendo lo correcto. Nunca habíamos roto un plato. Y de repente eran las tres de la madrugada y los tres desconocidos seguían en la casa.
Llevaba meses notando cómo me miraba el escote en cada reunión. Cuando le pedí ayuda con la computadora, supe que esa tarde no se iría intacto.
Bajé del taxi en La Malagueta sin imaginar que aquel chico de ojos azules me esperaba con una servilleta doblada y un mensaje que iba a cambiarlo todo.
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
La voz de Daniela narraba lo del vestuario mientras, a su alrededor, los cuerpos de sus amigas se enredaban sin vergüenza ni límites.
Sus dedos en mis nalgas me despertaron a medianoche. Podría haberla detenido, pero no quise. Lo que pasó esa noche entre nosotras no tiene nombre.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Cuando Bruno sacó las cartas sobre la mesa ratona, yo no imaginaba que esa partida iba a terminar con nosotros cuatro tirados sobre la alfombra del living.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.
Entró al aula caminando despacio, con la cara pálida y un gesto de dolor al sentarse que no podía disimular. Tardé días en sacarle la verdad.
Llegó mirando el suelo, abrochada hasta el cuello. Fue ella quien dio las instrucciones en cuanto cerraron la puerta del cuarto seis.
Cuando Sofía apoyó el cuerpo en la silla y vi cómo se le torció la cara de dolor, supe que la gripe era mentira y que lo ocurrido era mucho peor de lo que imaginaba.
Habíamos ido a ese departamento diciéndonos que solo íbamos a tomar algo. Para cuando apareció el mazo de póker, ya era demasiado tarde para ser honesta conmigo misma.
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
Salimos a las tres de la mañana con la excusa de bailar. Valentina iba tensa, como si no terminara de creer que algo podía pasar. Yo sabía que sí.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Tenía quince años cuando las sorprendí la primera vez. Hoy, con veintidós, ya no puedo mirar esos recuerdos de la misma manera.