Lo que Yasmín puso en mi copa esa noche
Cuando levanté la copa y noté que el líquido estaba tibio, supe que aquella desconocida acababa de convertirme en su juguete favorito de la noche.
Cuando levanté la copa y noté que el líquido estaba tibio, supe que aquella desconocida acababa de convertirme en su juguete favorito de la noche.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
Levantó la mano contra mí delante de todos, y en cuestión de segundos pasó de creerse un macho intocable a suplicar de rodillas, desnudo y temblando.
Llevábamos meses jugando con la idea hasta que esa noche en la casa de la playa, con mi exmarido mirando desde el sillón, todo se nos fue de las manos.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
El pronóstico decía trece grados y nublado. Perfecto para que mis pies se cocinaran todo el día dentro de las zapatillas sin lavar, como a él le gusta.
Cuando la doctora cerró la puerta con llave, entendí que esa consulta no iba a ser como ninguna otra. Nunca lo fue.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Le dije que sí con el corazón acelerado. Marcos repitió la palabra de seguridad tres veces antes de empezar, y supe que estaba en manos correctas.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Lo que empezo como un juego en el balcon se convirtio en una espiral de exhibicionismo, sumision y deseo que ninguno de los dos quiso frenar.
Estábamos sentados frente a frente en el rincón más discreto del restaurante. Nadie podía imaginar lo que yo estaba haciendo con mis pies por debajo de esa mesa.
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.