La noche que descubrí que solo yo sé darme placer
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.
Eran las dos de la madrugada cuando me rendí al sueño. No imaginé que algo iba a deslizarse entre mis sábanas y despertar un deseo que creía dormido.
Sé exactamente qué haces con una mano mientras sostienes el teléfono con la otra. Por eso esta carta es solo para ti, y vas a obedecer cada línea.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Tenía diecinueve años y me creía intocable, hasta esa madrugada en que un hombre que me doblaba la edad me demostró cuánto me equivocaba.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Acepté pedalear cien kilómetros para complacerlo. Lo que no esperaba era el bote de cayena que me esperaba esa noche en el lavabo del hotel.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
Cada vez que mi hija me llama orgullosa desde Trujillo, pienso en esas tres tardes frente a la cámara y rezo para que nunca teclee mi nombre en internet.
Renata me esperó despierta cuando ya no quedaba nadie en la oficina, apoyada contra la mesada con esa mirada que conozco hace tres años.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.