La cena de negocios que terminó en el baño a oscuras
Bajé el tenedor que se le había caído y, al agacharme bajo la mesa, descubrí algo que ninguno de los adultos sospechaba. Esa noche todo cambió.
Bajé el tenedor que se le había caído y, al agacharme bajo la mesa, descubrí algo que ninguno de los adultos sospechaba. Esa noche todo cambió.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Nunca imaginé que un domingo cualquiera en el río terminaría conmigo de rodillas sobre el pasto, entregada a él y suplicando que no parara nunca.
Cuando su número apareció en la pantalla como una llamada perdida, supe que esa noche en la montaña iba a romper algo en ella que nunca podría rearmarse.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.
Eran las dos de la madrugada cuando me rendí al sueño. No imaginé que algo iba a deslizarse entre mis sábanas y despertar un deseo que creía dormido.
Sé exactamente qué haces con una mano mientras sostienes el teléfono con la otra. Por eso esta carta es solo para ti, y vas a obedecer cada línea.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Tenía diecinueve años y me creía intocable, hasta esa madrugada en que un hombre que me doblaba la edad me demostró cuánto me equivocaba.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Acepté pedalear cien kilómetros para complacerlo. Lo que no esperaba era el bote de cayena que me esperaba esa noche en el lavabo del hotel.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.