Lo que aprendí entre desconocidos en un mundo virtual
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
Historias reales contadas en primera persona
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
La lluvia golpeaba el ventanal del departamento cuando Adrián me dijo que esta vez le tocaba a él empezar. Yo no sabía que su confesión me dejaría sin aliento durante días.
Llevaba meses convencida de que nadie sospechaba nada hasta que esa madrugada, con la boca llena, escuché su voz a un metro de distancia y se me heló la sangre.
Tomé su mano sin saber que esa tarde dejaría de ser la mujer que llegó al hotel. Su voz quebrada me prometía un secreto y me arrastraba con él.
Mateo entró a matar el tiempo entre clases. Salió con el sabor del pintalabios de ella y el corazón latiéndole contra las costillas.
Me bañé con agua fría tres veces y todavía sigo mojada. Estoy escribiendo esto desnuda en la cama, con la mano libre que no usa el teclado.
Llevaba mi silla plegable y un calor entre las piernas que no era solo del agosto manchego. Lo que pasó después aún me hace temblar veintitantos años más tarde.
Cuando vi el mensaje en la bandeja no sabía que aceptarlo me llevaría a una tarde con dos desconocidos en el parque y a la noche más intensa de mi vida.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Después de dos botellas de vino, me pidió mi primera vez con detalle. Lo que empezó como una charla terminó conmigo arrodillada y él suplicando que no parara.
Bastó que me viera entrenar dos días seguidos para que se acercara. Lo demás lo decidió mi cuerpo: tenía que comprobar si los rumores eran ciertos.
Cada mañana, a las once en punto, entraba en aquella cafetería como quien entra en un confesionario. Tardé semanas en darme cuenta de que ellas dos también me esperaban.
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Le había prometido un regalo de aniversario distinto. Lo que ella no imaginaba era que mi sorpresa la esperaba al otro lado de un agujero en la pared.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Llevaba semanas pensando en la petición de mi marido. Cuando ellos cruzaron la puerta del cuarto esa noche, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Cuando descorrí la cortina para mirarme al espejo, ella estaba ahí, apoyada en la pared, mirándome como si ya supiera lo que iba a pasar después.