El día que cedí ante un desconocido en el hotel
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Historias reales contadas en primera persona
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Eran las tres de la mañana cuando me asomé a la habitación de mis padres y vi a mi padre frente al televisor. No me fui. Me quedé mirando.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Entré en mi cuarto y la encontré desnuda en un rincón, masturbándose mientras me miraba. No dijo nada. Yo tampoco. Solo me senté frente a ella.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Había ido solo a saludar, pero Matías no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre se fue, ese muchacho demostró que tenía más iniciativa de lo que parecía.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.
Recibí el paquete un martes sin aviso previo. Dentro, tres bikinis que él había elegido solo. La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno. No improvises los ángulos.»
Tenía la habitación para mí sola y las cortinas echadas. Nadie sabía hasta dónde iba a llegar esa noche. Yo tampoco.
Camila llegó con un vestido de lino blanco y una sonrisa que yo conocía de memoria. Pero esa tarde había algo distinto en sus ojos, y los dos lo sabíamos.
Cuando acabé de contarle lo de Malik, Vero se mordió el labio y me dijo que le daba envidia. Para esa madrugada ya tenía un plan.
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.