Le conté a mi marido lo que hice ese verano
Cuando me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablar, supe que esta vez iba a contárselo todo: lo que hice aquel verano con un hombre al que ya no recuerdo el nombre.
Historias reales contadas en primera persona
Cuando me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablar, supe que esta vez iba a contárselo todo: lo que hice aquel verano con un hombre al que ya no recuerdo el nombre.
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
Después de un par de copas, me pidió detalles de mi primera vez. No imaginé que escuchar a otro hombre dentro de mí lo pondría más duro que cualquier caricia.
Pensé que era apuesta segura. Diego juraba que ningún cuerpo de mujer lo encendía. La cerveza estaba abierta cuando entendí que esa tarde no iba a haber farol.
Eran las dos de la tarde, ellos en ropa interior, yo en shorts. La resaca pesaba menos que mi calentura acumulada. Y entonces propuse algo que llevaba meses pensando.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Llevaba años apagada por un dolor profundo, hasta que esa voz grave llenó el salón y vi cómo sus ojos volvían a brillar como cuando la conocí.
El director me miró sin pudor: «Quítate el vestido, quiero verte en lencería». Dudé un segundo, pero la beca se acababa y necesitaba el dinero.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.
Buscaba algo temporal mientras estudiaba. Pero esa noche, cuando él dejó el avatar y me llamó con la cámara encendida, supe que ya no podría volver atrás.
A los veintidós todavía me daba vergüenza mirar a los chicos a los ojos. Esa madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido, descubrí que de vergüenza ya no me quedaba nada.
Cuando la puerta de madera de mi celda crujió pasada la medianoche, supe que era él. Cerré los ojos. No vine al convento huyendo del mundo: vine huyendo de lo que sentía por ese hombre.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
Llamó al timbre con el uniforme polvoriento y la gorra retorcida entre las manos. Lo que venía a pedirle de parte de su padre era una locura que jamás imaginó.
Llevaba semanas viéndolo desviar la mirada cuando yo bajaba con vestido. Esa tarde, al cerrar la puerta de mi apartamento, supe que ya no iba a desviarla más.
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
Crucé la puerta solo con una capa de terciopelo rojo y nada debajo. La regla era clara: nadie sabía quién era nadie, y eso lo cambió todo esa noche.