Los tres bikinis que mi amo compró para exhibirme
El mensaje llegó a media tarde. Tres palabras: «Pruébatelos. Foto.». Subí al dormitorio y abrí el cajón donde él guarda los bikinis.
Historias reales contadas en primera persona
El mensaje llegó a media tarde. Tres palabras: «Pruébatelos. Foto.». Subí al dormitorio y abrí el cajón donde él guarda los bikinis.
Cuando le abrí la puerta, sentí cómo sus ojos se clavaban en la tira negra que asomaba por encima de mi vaquero. Sonrió antes de empujarme hacia dentro.
Mi hija pasaba la noche fuera, Mateo llegó con cervezas y un bañador. A las ocho de la mañana, él ya tenía planes que yo todavía no conocía.
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
Cuando los últimos invitados se marcharon, ella sacó una botella fría y, sin avisar, empezó a quitarse el bañador dentro de la piscina.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Carolina se mudó con Rodrigo hace tres semanas. Yo escribo esto desde la casa vacía, sentado en la cama donde dormíamos los dos. Y, durante un año entero, los tres.
Cuando Ricardo me explicó qué quería hacer conmigo y con sus cinco amigos en la casa de campo, debí decirle que no. Lo pensé seis días antes de aceptar.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Llevábamos meses en una rutina cómoda. Aquella tarde en el pinar, con otra pareja a tres metros, mi novia decidió que ya estaba bien de esperar a que yo lo hiciera todo.
Bajé hasta el colchón del piso, me tapé con la sábana y empecé a torturarlo en silencio. No imaginaba que la puerta de mi cuarto se abriría en el peor momento.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Faltaban tres horas para llegar y el señor del asiento de al lado ya había sacado una manta del bolso. Me dijo que tenía frío. Yo no tenía nada de frío.
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Cuando me empujó detrás de los setos sin decir nada, supe que esa noche no iba a contarse en sobremesa. Y todavía faltaba lo peor —o lo mejor, según quién pregunte.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.