Lo que mi suegro orquestó entre mi cuñada y yo
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
Aquella tarde, mientras mi cuñada me contaba con lujo de detalles lo que mi hermano le hacía en la cama, sentí un calor entre las piernas que no podía justificar.
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Llevaba dos años mirando a mi cuñada como no debía. Esa noche en la disco, ella me preguntó si quería que me lo contara o que me lo mostrara.
Nos dejaron solos en el hotel con la excusa de los zapatos. Cuando me arrodillé a calzarla, todo cambió. No debería haber pasado, pero ninguno de los dos lo detuvo.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
Todos dormían a metros cuando me apoyé contra la pared fría del patio. Esa noche, mi cuñado haría algo conmigo que ningún hombre había conseguido antes.
Cuando Valeria preguntó ¿cuándo empezamos? con esa sonrisa, entendí que la noche no tendría marcha atrás. Y ya no quería que la tuviera.
La cámara del salón se encendió justo cuando ella cruzó las piernas en el sofá. Yo solo tenía que mirar y esperar mi turno.
Llegué un día antes que mi hermana al hotel de Cancún. Casi dos días sola con su marido: la playa nudista, el probador de lencería, los tequilas. Algo iba a pasar.
El móvil vibró con la orden de conectarme. En la pantalla apareció la piscina del chalet y mi cuñada esperando con un bikini que no dejaba nada a la imaginación.
Esa madrugada bajé por agua y los vi por la rendija. A la mañana siguiente, mi cuñada subió con dos tintos y una sonrisa que no era inocente.
Me abrió con la bata mal cerrada, los tacones puestos y una sonrisa que no era de bienvenida. Su marido no estaba y ella lo sabía cuando me hizo pasar.
Crecimos juntos como hermanos y nunca la miré con otros ojos. Hasta la mañana en que volví antes y la sorprendí saliendo de la ducha sin nada encima.
Llevaba meses tirándole indirectas en cada asado familiar. Esa Nochebuena, con tres copas de champán encima, dejó de hacerse la desentendida.