La noche que un desconocido me lo enseñó todo
Cuando llegué a su apartamento hablamos apenas cinco minutos. Después sus manos en mi cuello me dijeron todo lo que necesitaba saber de esa noche.
Cuando llegué a su apartamento hablamos apenas cinco minutos. Después sus manos en mi cuello me dijeron todo lo que necesitaba saber de esa noche.
Estaba ahí, con la cubeta de champagne en las manos, escuchando cada gemido, cada crujido de la cama. Y no fui capaz de alejarme.
Einar les explicó que en aquella casa mantenían viva una vieja tradición de hospitalidad. Valentina miró a Rodrigo y los dos supieron lo que querían.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
Siempre fue tímida, pero esa tarde en la playa, desnuda bajo el sol, algo se despertó en ella que yo no había visto nunca.
Viajábamos juntos pero dormíamos separados. Yo era demasiado cobarde para cruzar ese pasillo. Hasta que ella tocó mi puerta.
Cuando Diego puso la mano en su espalda y la presentó como su mujer, Lucía sintió que aquella palabra abría una puerta que ninguno de los cuatro iba a cerrar esa noche.
Cuando Bruno sacó las cartas sobre la mesa ratona, yo no imaginaba que esa partida iba a terminar con nosotros cuatro tirados sobre la alfombra del living.
Pensé que sabía a lo que me exponía cuando empecé. Pero lo que algunos clientes me pidieron, lo que algunos hicieron, todavía me despierta de noche.
Hacía tres años que leía cada palabra suya sin darle un like, sin comentar, sin atreverme a nada. Esa madrugada algo cambió cuando su mensaje apareció.
Llevaban dieciocho años hablándose solo por pantalla. La primera vez que se vieron en persona, ella sacó del bolso algo que no cabía en ningún manual de citas.
La primera noche juré volver a casa. Al séptimo ya no recordaba para qué había comprado el vuelo de vuelta. Esto es lo que pasó entre esas dos noches.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
Viajé sola buscando templos y acabé en una terraza sobre el río, rodeada de manos que no eran las mías y bocas que sabían exactamente dónde encontrarme.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Llevo meses dándole vueltas. Tres personas distintas cayeron en una sola semana en la parada de carretera. La última fui yo, y todavía no consigo explicármelo.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.