El strip poker que terminó en el departamento de Mateo
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Cuando subí al barco en Luxor pensé que iba a descansar. Tres noches después estaba desnuda en una terraza sobre el Nilo, sin saber qué cuerpo me tocaba.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
Cuando lo vi entrar con los otros dos, supe que esa noche no me iba a contener. Mis zapatos rojos y su mirada bastaron para que todo cambiara en minutos.
Don Ramón me reconoció desde el autobús y les contó a sus amigos lo que le había hecho a mi hermana. No calculé que esa tarde yo sería la siguiente.
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
Cuando Valeria se calzó las sandalias doradas y me miró de esa manera, supe que ese día no iba a irme solo con un reloj.
Llegué al hotel temblando, convencida de que solo serían fotos. Cuando entró el segundo hermano, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Mi abuela tomó la decisión, como siempre. Yo solo seguí el instinto. Lo que ocurrió en esa cabaña durante la tormenta sigue siendo solo nuestro.
Me incliné sobre su camilla y sentí su mirada recorriendo cada centímetro de mi uniforme. Algo que llevaba dormido mucho tiempo despertó de golpe.
El chat de adultos era una mala idea a las cinco de la tarde. Pero cuando apareció su nombre y dijo hola con esa voz ronca, ya era demasiado tarde para cerrar la ventana.
La sala privada estaba impecable, y yo arrodillada en el centro, esperando. Ocho hombres entraron en silencio. Entonces entendí lo que significaba rendirse de verdad.
Cuando la doctora cerró la puerta con llave, entendí que esa consulta no iba a ser como ninguna otra. Nunca lo fue.
Mi marido tenía un plan: llevarme a una tienda y dejar que el vendedor me pusiera las manos encima. Solo había una regla: él fingiría no ver nada.
Nos dijeron que el precio era nuestro cuerpo. Cinco hermanos, un contrabandista y la única salida posible.
Cuatro hombres poderosos aparecidos muertos en suites de hotel. La misma escena cada vez. Valeria fue sola a investigar y no salió intacta.