Recibí a mi novio como solo una travesti lo haría
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cuando entré en su cuarto y lo vi, con mi ropa entre sus manos y mi nombre en sus labios, supe que lo que vendría no tenía vuelta atrás.
Cuando giró sobre los tacones, el vestido se elevó apenas y dejó ver la línea exacta donde la media terminaba y empezaba la piel. Y entonces me pidió un masaje.
Cuando me confesó su fetiche aquella noche, supe que ya no podría volver a mirarlo igual. Le dije que pasaría una sola vez. Los dos sabíamos que era mentira.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.
Cuando rocé su muñeca con el dedo índice, ella se mordió el labio y dejó escapar un gemido brevísimo antes de fingir que solo me agradecía el chupito.
Llevábamos días encerrados cuando las conversaciones se volvieron peligrosas. Su confesión en la oscuridad terminó con mis manos sobre él.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
Llevábamos años cruzándonos miradas en silencio detrás de la barra. Esa tarde entré al bar vacío, me senté frente a ella y por fin solté lo que tenía atragantado.
Bajó la copa, se me quedó mirando unos segundos largos y, sin decir una palabra, caminó hacia mi recámara. Yo ya sabía lo que ese silencio significaba.
Llevaba meses insistiendo con aquella fantasía. Cuando me dijo que ya lo había arreglado todo con el club, supe que no podría echarme atrás.
Estaba en la cocina con ropa que nunca le había visto, y cuando rozó mi hombro al pasar, algo en mí que no tenía derecho a existir se despertó.
Cada vez que entraba en su bar, sus ojos buscaban los míos por encima de las gafas. Aquella tarde decidí que ya no podía seguir fingiendo que no me daba cuenta.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.