La sesión con la Ama que nunca olvidaré
Cuando cruzé la puerta de la mazmorra, ella me tendió la mano para que se la besara. Luego señaló el suelo. Supe en ese instante que la noche sería larga.
Cuando cruzé la puerta de la mazmorra, ella me tendió la mano para que se la besara. Luego señaló el suelo. Supe en ese instante que la noche sería larga.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.
Tenía veinte años cuando descubrí que las miradas pícaras de mi tía bajo la mesa eran solo el principio. Lo que vino después, en el baño de los abuelos, no lo conté nunca.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
En cuanto los últimos compañeros se fueron, ella subió al piso de arriba. Se quitó la falda primero. Luego la camisa. Luego todo lo demás.
Después de meses en cautiverio, lo último que Valeria esperaba era que Sofía misma le pidiera que la atara. Pero así comenzó aquella primera noche.
Nos dejaron solos en el hotel con la excusa de los zapatos. Cuando me arrodillé a calzarla, todo cambió. No debería haber pasado, pero ninguno de los dos lo detuvo.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.
Cuando la tijera terminó su trabajo, el espejo le devolvió una mirada que no era del todo suya. Y la voz que escuchó en ese salón no lo dejó en paz.
Mientras le contaba al oído cómo aquel hombre me había llevado al límite, sentí la mano de mi marido temblar. Esa noche, mi pasado nos encendió a los dos.
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
Esteban dormía cuando me levanté a ducharme. Para cuando volvió a despertarse, yo ya tenía decidido a quién más quería en esa cama antes del mediodía.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cuando entré en su cuarto y lo vi, con mi ropa entre sus manos y mi nombre en sus labios, supe que lo que vendría no tenía vuelta atrás.
Cuando giró sobre los tacones, el vestido se elevó apenas y dejó ver la línea exacta donde la media terminaba y empezaba la piel. Y entonces me pidió un masaje.
Cuando me confesó su fetiche aquella noche, supe que ya no podría volver a mirarlo igual. Le dije que pasaría una sola vez. Los dos sabíamos que era mentira.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.