La noche en que Camila dejó de ser solo mi amiga
Cuando Camila puso el segundo tequila en mi mano, supe que algo iba a romperse esa noche. No imaginé que sería todo lo que creía saber sobre nosotras dos.
Cuando Camila puso el segundo tequila en mi mano, supe que algo iba a romperse esa noche. No imaginé que sería todo lo que creía saber sobre nosotras dos.
Cuando levanté las piernas en la vertical olvidé que solo llevaba un tanga. Mi culo quedó frente a la cara de Kendra y su sonrisa no fue de sorpresa, fue de hambre.
Decía que ya lo había intentado en una fiesta pero le dolió y se detuvo. Esa tarde, en el motel, me confesó que en realidad nunca había estado con un hombre.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.
Entré temprano del turno y la encontré tumbada en la litera, con la mano metida bajo el elástico. Ninguna de las dos apartó la mirada.
Abrí los ojos con su respiración tibia en la cara y entendí que la maratón de la noche anterior no había sido un sueño. Ella seguía ahí, mirándome.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Subí por las escaleras y vi la ventana del baño entreabierta, con el vapor escapando. No debí acercarme, pero el sonido del agua y mi curiosidad pudieron más.
Lo vi acercarse al sofá donde ella gemía bajo el peso de su hombre. Lo que ese intruso hizo con sus dedos antes de marcharse me dejó temblando en mi rincón.
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Cuando Joaquín nos presentó a su nueva pareja, una rubia diez años mayor, no imaginé que esa misma noche acabaríamos rompiendo todos los límites de nuestra familia.
Cuando la hermana del bravucón buscó a Valeria en el gimnasio, traía una sola petición: que le enseñara a poner al tirano en su sitio. Esa noche, lo hizo de rodillas.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Fui a Madrid para hacer camas y fregar suelos. Nadie me advirtió que también aprendería a arrodillarme ante dos mujeres que lo decidirían todo sobre mí.
Entré a su cuarto esperando lo peor y salí con la certeza de que nunca volvería a verme los pies de la misma manera.
Caminé veinte cuadras con borcegos bajo el sol de mediodía para llegar con los pies exactamente como él los quería. Lo que vino después fue perfecto.
Pasé la noche en vela después de que mi hija nos pillara. No sabía cómo afrontar la mañana. Mi amiga Marta lo cambió todo con un mensaje.
Cuando apagaron las luces sacó un calcetín y lo presionó contra mi cara. No era ninguna broma: sabía exactamente quién era yo.
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.