El empresario que se arrodilló por mis pies
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
Levantó la mano contra mí delante de todos, y en cuestión de segundos pasó de creerse un macho intocable a suplicar de rodillas, desnudo y temblando.
Siempre supe que mi sitio estaba de rodillas, pero jamás imaginé que tres mujeres me harían suplicar para decidir si merecía servirlas.
Esa semana me había comportado como una insolente, y él me lo advirtió: ya veríamos si seguía tan altiva cuando lo tuviera frente a frente, de rodillas.
Sé que cuando termine de hablar me hará pagar cada palabra. Pero mi ama insiste: quiere que le cuente, de rodillas, aquello que nunca le confesé a nadie.
Cuando la chica se inclinó para servirle otro vaso, la pollera azul se le subió y Beatriz supo que esa noche no iba a dormir.
Cuando entraron riéndose en las duchas comunes, pensé que solo era un juego inocente. No imaginaba que esa misma noche conocería el secreto que escondía la familia del segundo piso.
Llevaba todo el verano metiendo mano donde no debía. Esa tarde, junto a la piscina, descubrió que alguien lo había estado observando y que su suerte se había acabado.
Siempre creí que conocía a mi hermano. Hasta la noche en que entré a su cuarto, vi lo que ocultaba en la pantalla y entendí que nada volvería a ser igual entre nosotros.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.
El mensaje decía solo dos palabras: «Es hoy». No pregunté qué. Lo sentí en el cuerpo, y supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
Caminé toda la ciudad con su ropa interior puesta y su olor pegado a la piel, sabiendo que ella me imaginaba así. Y lo único que quería era otra orden suya.
Cuando crucé las piernas, ya sabía que las tres habían planeado algo. Lo que no esperaba era cuánto iba a costarme quedarme callada toda la noche.
Esa tarde se vistió por última vez: medias, liguero, tacones. Bianca iba al cine a despedirse de todo lo que había sido, en brazos de hombres que no sabían nada.
Llevaba meses sospechando algo entre ellos. Esa madrugada, después del último trago, descubrí que mi instinto no me había engañado en absoluto.
Lo vi tocar el bajo tres semanas seguidas antes de hablarle. Cuando entramos a la sala VIP y se cerró la puerta, supe que no se iba a casa sin probarme.