La mujer de mi amigo me tomó la mano bajo el agua
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
Un video de unos segundos fue suficiente para que me temblaran las rodillas. Desde entonces, ensayo cada detalle en mi mente: la habitación, él, y lo que viene después.
Desde que empezamos a beber juntos, noté cómo me devoraban con los ojos. No era curiosidad: era hambre. Decidí darles lo que querían sin dejar que me tocaran.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Llevaba años esperándome y no lo supe hasta que ya era demasiado tarde. Cuando me lo confesó al final, entendí por qué todo había sido tan diferente.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
Me maquillé durante veinte minutos, me puse la peluca castaña y abrí la puerta del hotel cuando llamó. Llevaba años esperando ese momento sin saber que lo esperaba.
Llevaba minifalda, botas y una sonrisa que prometía todo. Cuando cerré la puerta del motel, supe que esa noche iba a cambiarle la vida para siempre.
Mientras ella bailaba pegada a un desconocido que le metía mano sin disimulo, yo pedí otra copa y me pregunté si estaba listo para verlo todo.
Llevábamos meses intercambiando fotos y audios que su esposa jamás vería. Cuando por fin nos encontramos, todo lo que habíamos imaginado se volvió real.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
Cuando me lo confesó, ya estábamos solos en la habitación. Su hermana me la había encargado por el día. Nadie imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Tres meses sola en Singapur por trabajo, un sábado libre y un masajista que no preguntó demasiado. Así empezó la tarde que no había planeado vivir.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.
Aquella tarde colgué el teléfono con las manos temblando, abrí una página que llevaba meses ojeando en secreto y le escribí al primer hombre que apareció conectado.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Levanté la cabeza con la verga aún dentro de ella y vi a mi instructor en la puerta. Lo que pasó después no se lo he contado a nadie.
Bajo su tanga ajustada se marcaba un bulto que no pude dejar de mirar. Y él se dio cuenta. Esa tarde descubrí algo que ya no podía pretender ignorar.
Lo único que iba a hacer esa noche era cenar liviano y dormir. Hasta que él entró con la bandeja, miró mi ropa interior y soltó la frase que cambió todo.
Nunca pensé que cruzar el umbral de un bar discreto con la ropa interior de mi esposa terminaría llevándome a una habitación de hotel con un desconocido.