La primera vez que la dejé subir al auto de otro
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Mi hermano de diecisiete años llevaba dos semanas sin levantarse de la cama. Yo decidí que la cura era acostarme con él. Lo que no imaginé fue lo que vendría después.
Ella nunca llegó al punto de encuentro. Veinte minutos más tarde, un desconocido se me acercó con una propuesta que no estaba en mis planes.
Lucía cerró la puerta del baño, me miró sin pestañear y dijo: «Vamos a la ducha». En diez minutos llegaba mi jefa y yo seguía con la verga durísima.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
Llevaba todo el día excitado e inquieto. Cuando ella apareció en el estacionamiento con la misma gabardina que mi mujer, supe que esa noche cambiaría todo para los tres.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
La propuesta llegó con la tercera copa: cada noche, uno de los cuatro mandaría en la habitación del otro. Dijeron que empezábamos esa misma noche.
Cada ciudad nueva es una posibilidad. Me llamo Valeria, viajo sola y llevo una vida que muy pocos conocen. Esto es lo que pasa cuando apago el teléfono.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Abrí la puerta de la habitación y ahí estaba Renata: exactamente como en sus fotos, pero con los nervios a flor de piel que ninguna imagen captura.
Durante el trayecto apoyó la mano en mi muslo y no la retiró. En la cena me miró como si yo fuera el postre. Subir al ascensor fue solo cuestión de tiempo.
Llevábamos horas bebiendo cuando le pregunté, sin mirarlo, si alguna vez había estado con un hombre. La pausa que siguió duró una eternidad.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Cuando dijo que no había avisado que terminó el taller, supe que el hotel que veíamos desde la avenida iba a ser nuestro por esa tarde.
Las chicas se habían ido, la habitación estaba en silencio y Rodrigo soltó una broma que los dos sabíamos que no era del todo una broma.
Dos mujeres en un motel de Monterrey. Una de ellas, Daniela, tenía algo que yo llevaba años queriendo sentir.
La vi sola en el café durante semanas: gruesa, bonita, con un cuerpo que su ropa no podía ocultar. Cuando me confesó que llevaba meses sin sexo, supe que algo iba a pasar.