Lucía volvió al aula con un dolor que no podía esconder
Cuando Lucía se sentó a mi lado y se le puso la cara blanca, supe que la excusa de la gripe no alcanzaba. Lo que me contó esa tarde todavía me duele.
Cuando Lucía se sentó a mi lado y se le puso la cara blanca, supe que la excusa de la gripe no alcanzaba. Lo que me contó esa tarde todavía me duele.
Hacía tres años que leía cada palabra suya sin darle un like, sin comentar, sin atreverme a nada. Esa madrugada algo cambió cuando su mensaje apareció.
Cuando encendí la luz de la cocina lo vi sentado, con el torso desnudo y una taza de té en la mano. Dijo mi nombre y supe que no iba a subir igual.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.
Cuando Iván se bajó los pantalones frente a todos, supe que iba a pasar algo que no podríamos olvidar. Éramos cinco en el salón y la película ya no importaba.
Cuando abrió la puerta equivocada y me vio recién bañada, sus ojos ya no pudieron mirar a otro lado. Lo que pasó esa noche no estaba en ningún plan.
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Salió del baño con una camisa blanca y nada debajo, una piruleta en los labios y esa sonrisa. Con Camila, la noche nunca terminaba donde uno pensaba.
Llevaba meses sintiéndome un desastre. Bastó una invitación inesperada, tres copas de más y un hombre con una mirada que no prometía nada tranquilo.
Estaba tumbado en el sofá esperando el sueño cuando escuché la puerta. Nunca imaginé que esa noche viviría mi primera experiencia con la última persona del mundo.
Entró al aula caminando despacio, con la cara pálida y un gesto de dolor al sentarse que no podía disimular. Tardé días en sacarle la verdad.
Llegó mirando el suelo, abrochada hasta el cuello. Fue ella quien dio las instrucciones en cuanto cerraron la puerta del cuarto seis.
Tres años sin verlo y en cuanto puso los pies en casa supe que ya no iba a poder seguir fingiendo que lo que sentía era solo cariño de hermana.
Cuando llegamos al puerto y bajó de la moto, sus manos seguían en mi cintura. Ninguno de los dos la separó de inmediato.
Hace seis años entré al cuarto de mi hermano mayor una noche de agosto. No fui a hablar. Sabía exactamente lo que quería hacer.
Vi a mi ex besándose con otro en el bar. Esa noche crucé una línea que nunca había cruzado, y que me llevó a pasar meses cobrando por dar placer a desconocidos.
Éramos dos socios casados, un todoterreno caro y doscientos kilómetros por delante. Ellos tenían veinte años y una actitud que lo cambiaba todo.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.