Desperté desnudo en la cama de mi rival de la facultad
Cuando abrí los ojos esa mañana, no estaba en mi habitación. Estaba completamente desnudo en una cama que olía a alguien con quien jamás debí pasar la noche.
Cuando abrí los ojos esa mañana, no estaba en mi habitación. Estaba completamente desnudo en una cama que olía a alguien con quien jamás debí pasar la noche.
Buscaba algo temporal mientras estudiaba. Pero esa noche, cuando él dejó el avatar y me llamó con la cámara encendida, supe que ya no podría volver atrás.
A los veintidós todavía me daba vergüenza mirar a los chicos a los ojos. Esa madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido, descubrí que de vergüenza ya no me quedaba nada.
Cuando se quitó la camiseta en mi sala, reconocí el tatuaje que mi mujer agrandaba en la pantalla cada noche. El single anónimo estaba ahí, sudado y sonriendo.
Cuando los labios de su amiga rozaron los suyos en un juego de prendas, Lucía no sabía que aquel verano iba a desordenarle la cabeza y el cuerpo entero.
Cuando sonó el claxon, doce desconocidos nos miramos completamente desnudos en el salón. Lo que pasó después no estaba en ningún guion.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.
Solo había pasado a saludar antes de salir de compras. No esperaba que el hijo de mi amante apareciera en el baño con el celular en la mano.
Entré a su casa solo para ayudarlo con una aplicación. Jamás imaginé que su galería ocultaba un secreto que iba a sacudirme por completo.
Cuando apartó las ramas del sauce y me empujó contra el tronco, supe que ya no íbamos a volver al café por las cosas que habíamos olvidado.
Cuando Lola bajó la persiana aquel martes de lluvia, supe que mi rutina de café había terminado. Lo que vino después no se le cuenta a nadie.
Bailábamos pegados como siempre, hasta que sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él, mi mejor amigo desde la infancia, y yo no quería que se apartara.
Cuando Camila propuso bajar al sótano de mi novio, supe que aquella noche no iba a terminar como las otras: mi hermano ya la había probado por la tarde.
Subí al autobús pensando que solo tomaría una cerveza. Cuando quise bajarme, ya era demasiado tarde para pretender que no quería quedarme.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Valeria me esperaba en la cocina con una camiseta que apenas la cubría y una sonrisa que ya no era la de mi hermanita. Yo intentaba no mirar. No pude.
Llevaba años buscando a alguien dispuesta a mirarme de verdad, no a través de una pantalla. Cuando Lucía dijo que sí, entendí que ese día no lo olvidaría.
Valentina estaba tumbada en la cama con un top turquesa y una braga de encaje. Cuando me miró con esa sonrisa, algo en mí se rompió.