Los doce choferes del terminal y su apuesta
Don Ramón me reconoció desde el autobús y les contó a sus amigos lo que le había hecho a mi hermana. No calculé que esa tarde yo sería la siguiente.
Don Ramón me reconoció desde el autobús y les contó a sus amigos lo que le había hecho a mi hermana. No calculé que esa tarde yo sería la siguiente.
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
Cuando fui al parque a enfrentarme al chico que extorsionaba a mi hijo, no imaginé que sería yo quien acabaría pagando el precio más íntimo.
Cuando llegó a mi puerta creyendo que vendría a ayudarme, yo ya tenía todo planeado. Tenía veinte años y la ingenuidad de quien no sabe lo que le espera.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Tenía 18 años, era tan tímido que jamás había tocado a una mujer. Lo que empezó como clases de repaso terminó siendo mi verdadera iniciación.
El pasillo estaba oscuro cuando me decidí a empujar su puerta. Sabía lo que significaba entrar. Y entré igual.
Llegué al hotel temblando, convencida de que solo serían fotos. Cuando entró el segundo hermano, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Cuando entré a la cocina esa mañana, ella estaba de espaldas con una camiseta que apenas le cubría los muslos. Tres años cambian mucho a las personas.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
Sabía que era el padre de mi amiga. Sabía que era una locura. Pero mis pies me llevaron igual, kilómetro tras kilómetro, hasta su puerta.
El chat de adultos era una mala idea a las cinco de la tarde. Pero cuando apareció su nombre y dijo hola con esa voz ronca, ya era demasiado tarde para cerrar la ventana.
Llegó recién separado, con una maleta y demasiado tiempo libre. Desde la mañana en la piscina supe que esa semana no iba a ser nada aburrida.
Cuando llegué a su apartamento hablamos apenas cinco minutos. Después sus manos en mi cuello me dijeron todo lo que necesitaba saber de esa noche.
Encendí la luz del salón y vi el caos de la fiesta. Fui al dormitorio buscando paz. Abrí la puerta y lo vi todo: él, desnudo, en mi cama.
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Empecé con un juego tonto: cruzar las piernas una, dos, tres veces hasta que no pudiera mirarme a los ojos. No imaginé hasta dónde íbamos a llegar.