Lo que pasó en el sofá frente a su mejor amiga
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Subir a un auto desconocido y ofrecer mi boca como pago era el plan. Pero cuando los pinos se movieron, supe que esa tarde alguien iba a ver más de lo que yo había pagado.
Bajé hasta el colchón del piso, me tapé con la sábana y empecé a torturarlo en silencio. No imaginaba que la puerta de mi cuarto se abriría en el peor momento.
La primera vez que entré en su casa supe que algo cambiaría. No imaginé que esa misma noche me regalaría unas bragas negras y un nombre nuevo que aún guardo en el fondo del cajón.
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Aquel sábado se acercó a corregirme la postura sin que se lo pidiera. Para el lunes, ya teníamos un trato silencioso y yo había elegido la tanga adecuada.
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Cuando me empujó detrás de los setos sin decir nada, supe que esa noche no iba a contarse en sobremesa. Y todavía faltaba lo peor —o lo mejor, según quién pregunte.
Recién separada y sin haber tocado a nadie en meses, acepté el ofrecimiento del joven del gimnasio. Lo que no esperaba era que su compañero abriera la puerta sin avisar.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Crucé el salón pensando en mi cama. Lo que no esperaba era encontrarlo a él de pie, con esa sonrisa nueva y algo escondido detrás de la espalda.
Cuando subió al balcón a buscarme, fue su voz contra mi oído lo que me prendió. No estaba en mis planes terminar la noche con el hermano menor de mi mejor amiga.
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Cuando me asomé a la ventana de mi nueva habitación y los vi desnudos en la piscina, supe que ese curso me enseñaría mucho más que bioquímica.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.