La mujer del chat que encendió mi pantalla
El chat de adultos era una mala idea a las cinco de la tarde. Pero cuando apareció su nombre y dijo hola con esa voz ronca, ya era demasiado tarde para cerrar la ventana.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
El chat de adultos era una mala idea a las cinco de la tarde. Pero cuando apareció su nombre y dijo hola con esa voz ronca, ya era demasiado tarde para cerrar la ventana.
Encendí la luz del salón y vi el caos de la fiesta. Fui al dormitorio buscando paz. Abrí la puerta y lo vi todo: él, desnudo, en mi cama.
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
Entré a su cuarto con una bandeja y salí siendo otra persona. Sofía tenía veinte años y ya sabía más de mí de lo que yo misma sabía.
Siempre fue tímida, pero esa tarde en la playa, desnuda bajo el sol, algo se despertó en ella que yo no había visto nunca.
Viajábamos juntos pero dormíamos separados. Yo era demasiado cobarde para cruzar ese pasillo. Hasta que ella tocó mi puerta.
Llevábamos cinco años compartiendo despacho. Esa noche, con la tercera copa de vino, Andrés dejó escapar una frase que lo cambió todo entre nosotros.
La primera noche en el piso nuevo oí a la vecina del otro lado del tabique. Tuve que levantarme al baño a acabar mientras Laura dormía.
Cuando encendí la luz de la cocina lo vi sentado, con el torso desnudo y una taza de té en la mano. Dijo mi nombre y supe que no iba a subir igual.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
Viajé sola buscando templos y acabé en una terraza sobre el río, rodeada de manos que no eran las mías y bocas que sabían exactamente dónde encontrarme.
Cuando abrió la puerta equivocada y me vio recién bañada, sus ojos ya no pudieron mirar a otro lado. Lo que pasó esa noche no estaba en ningún plan.
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Llevo meses dándole vueltas. Tres personas distintas cayeron en una sola semana en la parada de carretera. La última fui yo, y todavía no consigo explicármelo.
Llevaba dos años ignorando las miradas de mi jefe y los insultos silenciosos de su mujer. Esa tarde, cuando el último empleado apagó la luz, dejé de ignorarlo todo.
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Cuando llegamos al puerto y bajó de la moto, sus manos seguían en mi cintura. Ninguno de los dos la separó de inmediato.
Llevaba dos años sin que nadie me mirara de esa forma. Y cuando Miguel lo hizo, supe que algo en mí no estaba tan dormido como creía.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.