La chica dulce que guardaba la llave
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
Cuando me incliné a propósito y vi cómo me devoraba con la mirada, supe que esa noche, sola en mi habitación, no podría dormir sin terminar lo que él había empezado.
Hacía años que no recurría a esos videoclips, pero un domingo bastó con escuchar el primer gemido grabado para que mi mano regresara al sitio exacto donde la había dejado a los catorce.
Cuando vi la foto de su barriga redonda en el chat, debería haber roto el teléfono. En vez de eso abrí el cajón, saqué el vibrador y empecé a imaginar.
Cuando ella encendió la cámara, ya estaba acostada en la cama, esperándome con una sonrisa que no era inocente. Y supe que ese sábado no iba a dormir solo.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
La primera vez que la sorprendí observándome, dejé la cortina entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar la chica del balcón de enfrente.
Creí que podría hacerlo sin sentir nada. Pero mi cuerpo llevaba demasiados años dormido como para obedecerme aquella noche en la suite.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Cuando le dieron al play al DVD equivocado no imaginé que acabaría cabalgando a mi novio con sus tres compañeros de piso a menos de un metro, pajeándose.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Llevaba dos años sola con mi hijo cuando el banco me mandó la carta. El director tenía una propuesta. Yo acepté. Lo que no esperaba era lo que descubriría sobre mí misma.
Cuando rozó su mano con la mía al pasarme el vaso, no la retiró. Me miró por encima de las gafas, se mordió el labio y supe que llevábamos demasiado tiempo esperando.
Me incliné sobre su camilla y sentí su mirada recorriendo cada centímetro de mi uniforme. Algo que llevaba dormido mucho tiempo despertó de golpe.
Hace años que no tengo pareja. Decidí revisar viejos vídeos en lugar de scrollear. No esperaba que ella todavía me afectara tanto.
Cuando encontró el teléfono olvidado en la mesilla, pensó que sería una conversación de trabajo. No lo era. Y no pudo soltar el móvil hasta el final.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
El chat de adultos era una mala idea a las cinco de la tarde. Pero cuando apareció su nombre y dijo hola con esa voz ronca, ya era demasiado tarde para cerrar la ventana.
Llegó recién separado, con una maleta y demasiado tiempo libre. Desde la mañana en la piscina supe que esa semana no iba a ser nada aburrida.