El chofer del doble piso y la noche de diciembre
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Corrí la cortina sin ruido. Sofía estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros, sin saber lo que estaba por pasarle.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
El dueño del gimnasio pidió que se quitara toda la ropa. Yo asentí con calma y esperé. Lo que pasó después fue mejor que cualquier fantasía.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
Tres noches seguidas la escuchó entrar al baño a la misma hora. En la cuarta, se paró en el pasillo. Solo para mirar una vez, se dijo.
Llevaba cuarenta y siete años siendo exactamente quien se supone que debía ser. Una noche con la lencería de mi esposa en las manos cambió eso para siempre.
Siempre creí ser un hombre como los demás. Hasta que descubrí la lencería, los consoladores y la certeza de que algo dormía en mí esperando despertar.
La ventana del pasillo daba directa al baño. El vapor empañaba el cristal pero dejaba ver lo suficiente: mi esposa pasando el jabón por el cuerpo de mi padre.
Llevaba semanas sin atreverme a usarlo. Esa noche, después de probar los otros dos consoladores, decidí que era el momento. Lo que sentí me dejó sin palabras.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Mis amigas me dejaron sola frente al fuego. Podría haberme sentido abandonada. En cambio, me pregunté si sería capaz de conquistarme a mí misma.
La casa estaba vacía y yo tenía todo el tiempo del mundo. Nunca imaginé que buscar un cargador me llevaría a descubrir la vida secreta de mi padre y mi madrastra.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Llevábamos semanas escuchándonos a través de las paredes. Esa noche ella apareció en el salón con un camisón blanco y una sonrisa que no tenía nada de inocente.