Imagino a otro hombre cuando hago el amor con mi esposa
La amaba como nunca había amado a nadie, pero no podía dejar de imaginar a otro hombre dentro de ella, gimiendo más fuerte de lo que jamás gimió por mí.
La amaba como nunca había amado a nadie, pero no podía dejar de imaginar a otro hombre dentro de ella, gimiendo más fuerte de lo que jamás gimió por mí.
Mi hija pasaba la noche fuera, Mateo llegó con cervezas y un bañador. A las ocho de la mañana, él ya tenía planes que yo todavía no conocía.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Cuando me confesó su fetiche aquella noche, supe que ya no podría volver a mirarlo igual. Le dije que pasaría una sola vez. Los dos sabíamos que era mentira.
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Cuando me asomé a la ventana de mi nueva habitación y los vi desnudos en la piscina, supe que ese curso me enseñaría mucho más que bioquímica.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Llevaba diez años durmiendo sola cuando salí al pasillo a tomar agua y, al pasar por su puerta entornada, oí los gemidos contenidos de mi inquilina.
Cuando sonó el claxon, doce desconocidos nos miramos completamente desnudos en el salón. Lo que pasó después no estaba en ningún guion.
Solo había pasado a saludar antes de salir de compras. No esperaba que el hijo de mi amante apareciera en el baño con el celular en la mano.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Valeria me esperaba en la cocina con una camiseta que apenas la cubría y una sonrisa que ya no era la de mi hermanita. Yo intentaba no mirar. No pude.
Llevaba años buscando a alguien dispuesta a mirarme de verdad, no a través de una pantalla. Cuando Lucía dijo que sí, entendí que ese día no lo olvidaría.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.