Lo que escuché esa noche desde el pasillo
Estaba ahí, con la cubeta de champagne en las manos, escuchando cada gemido, cada crujido de la cama. Y no fui capaz de alejarme.
Estaba ahí, con la cubeta de champagne en las manos, escuchando cada gemido, cada crujido de la cama. Y no fui capaz de alejarme.
La voz de Daniela narraba lo del vestuario mientras, a su alrededor, los cuerpos de sus amigas se enredaban sin vergüenza ni límites.
Sus dedos en mis nalgas me despertaron a medianoche. Podría haberla detenido, pero no quise. Lo que pasó esa noche entre nosotras no tiene nombre.
Sabía lo que él haría si creía que estábamos solos. Lo que no podía prever era que mi marido lo estaba viendo todo desde el otro lado del cristal.
Cuando sus dedos ajustaron la licra entre mis labios, supe que no iba a volver a casa como había llegado. El juego apenas empezaba.
Cuando Iván se bajó los pantalones frente a todos, supe que iba a pasar algo que no podríamos olvidar. Éramos cinco en el salón y la película ya no importaba.
Salió del baño con una camisa blanca y nada debajo, una piruleta en los labios y esa sonrisa. Con Camila, la noche nunca terminaba donde uno pensaba.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.
Estaba tumbado en el sofá esperando el sueño cuando escuché la puerta. Nunca imaginé que esa noche viviría mi primera experiencia con la última persona del mundo.
Cuando le dijo que quería que trajera a un amigo, él pensó que bromeaba. Pero ella ya tenía todo planeado: las sábanas, las velas y el vestido más ceñido de su armario.
Llevaba dos años sin que nadie me mirara de esa forma. Y cuando Miguel lo hizo, supe que algo en mí no estaba tan dormido como creía.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.
Encontró el teléfono olvidado en la mesilla y tecleó el PIN sin pensarlo. Lo que leyó no era lo que esperaba, ni lo que esperaba sentir.
El día que nadie más apareció en el taller, Lucía cerró la puerta con un clic que sonó como una promesa que ninguno de los dos pretendía cumplir.
Entré al hotel con el vestido negro y la decisión tomada. Lo que no esperaba era que mi propio cuerpo me traicionara de esa forma.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Llevaba meses guardando ese secreto. Pero cuando los pasos en la escalera rompieron el silencio, supe que todo había cambiado.
Me puse las zapatillas ya usadas y las medias gruesas, lista para un día entero de turismo. Él no sabía que cada paso era un regalo preparado para él.
Cada vez que cruzaba las piernas en clase, sus ojos bajaban solos. Tardé dos martes y un viernes en conseguir que me invitara a la sala de lectura privada.
Éramos cinco en el piso, hacía frío y alguien puso un disco equivocado. Esa tarde aprendí que las apuestas estúpidas a veces son las que mejor se pierden.