Lo que Mamá Noel me pidió la víspera de Navidad
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Sabía lo que quería darle para su cumpleaños. No era un objeto ni una sorpresa del todo: era algo que los dos queríamos y ninguno se había atrevido a pedir.
Nunca me había sentido así: el vientre todavía plano, el cuerpo en llamas, y una necesidad tan urgente que no podía esperar a nadie más que a mí misma.
Me metí al agua de noche con lencería y un juguete ajustado, convencida de que estaría sola. Alguien me observaba desde la oscuridad del bar.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Creía que la casa de al lado llevaba meses vacía. Cuando la luz del estudio se encendió una noche, descubrí que llevaba semanas siendo el espectáculo de alguien.
Cuando se agachó a buscar en el cajón del fondo, su pantalón viejo se rajó. Yo no llevaba ropa interior. El pasillo estaba desierto.
Jamás pensé que estar detrás de la cámara viendo a mi mejor amiga con otras dos mujeres iba a ser tan difícil de olvidar.
Cuando abrí el chat, las manos me temblaban. Lo que encontré me partió por dentro. Pero también desató algo oscuro que no esperaba sentir.
Cuando me di cuenta de que alguien me miraba desnuda desde el edificio de enfrente, no sentí miedo. Sentí ese cosquilleo que ya no pude ignorar.
Lo vi salir del baño con la toalla en la cintura y todo cambió en un instante: dejé de verlo como mi hijo y empecé a planear cómo lograr que me deseara.
Aquella mañana Mateo me dijo que algo no iba bien ahí abajo y, sin saberlo, empezó la semana más callada y más difícil de toda mi vida adulta.
La doctora le advirtió: nada de calzoncillos, pantalones holgados y ayudarlo a vaciarse cada día. Mi madre asintió sin imaginar lo que vendría después.
La fiebre subía y nadie podía inyectarla. Cuando bajó el short, comprendí que algunas líneas, una vez cruzadas, ya no se desdibujan.
Caminaba con las piernas separadas, cargado de un dolor que no sabía aliviar. Cuando ella entró en mi cuarto y me preguntó qué pasaba, supe que ya no había vuelta atrás.
Salió del agua pensando en lo bien que se sentía estar sola y libre. Cuando giró hacia la orilla, su ropa, su mochila y sus botas habían desaparecido.
Cuando crucé la puerta y la vi con esa falda corta y la sonrisa pícara que ya conocía, supe que el fin de semana iba a terminar como no debía terminar entre un tío y su sobrina.
Esa mañana pensé que estaba solo en casa. Crucé el pasillo desnudo y, al doblar la esquina, ahí estaba ella, con una mirada que no era de madre.
Apagué la luz, cerré la puerta con llave y por primera vez me dejé fantasear sin censura. Lo que descubrí esa noche cambió la forma en que me miro al espejo.
Tenía diecinueve años, mi padre se ausentaba semanas enteras y yo creía conocer a mi madre. Hasta que el cesto de la ropa sucia me obligó a mirarla distinto.