La noche que mi compañera de estudios cambió todo
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Tenía el departamento para mí sola, las velas encendidas y un juguete esperando en el cajón. La primera vez había fallado: esta no se iba a repetir.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
Llevábamos semanas deseándonos y esa noche de carnaval, sin condón ni cama, todo ocurrió donde menos lo esperábamos.
Diez años de viudez y silencio. Hasta que una noche vi luz bajo su puerta y me acerqué. Lo que encontré al otro lado cambió todo entre nosotras.
El aire levantaba mi vestido y yo no hacía nada por evitarlo. Quería que me vieran. Necesitaba que me vieran, aunque no supiera bien por qué.
Llevaba semanas fantaseando con ella, pero fue la tormenta de nieve y ese motel de parejas lo que terminó por romper las barreras entre nosotros.
Aposté que el secreto que Mateo escondía cabría en un vaso de tubo. Si perdía, tendrían que vernos a Adrián y a mí sin manta. No conté con lo que vino después.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Cuando acepté la apuesta no imaginé que terminaría desnuda sobre Mateo con tres pares de ojos siguiéndome y una polla descomunal a centímetros de mi boca.
La doctora decía que era normal desear a mi propio hijo. Que las pastillas solo revelaban lo que ya sentía. Y yo, con el cuerpo ardiendo, le creí.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.
Karen apareció en la habitación completamente desnuda. Esa no fue la única sorpresa de esa tarde: mi madre entró diez minutos después, y nada volvió a ser igual.
Cuando me pidió que me desnudara y subiera a la camilla, supe que aquello iba a romper algo entre nosotros que ya nunca podríamos volver a poner en su sitio.
Cuando salí del agua, la orilla estaba vacía. Mi ropa, mis botas, mi mochila... todo había desaparecido. Estaba desnuda en medio de la selva, sin saber que era solo el principio.
A los treinta y dos años no sabía lo que era un orgasmo. Mi amiga Renata se rio, me sirvió otra copa y me prometió que el jueves siguiente lo iba a cambiar todo.
Cuando el desconocido del metro me deslizó la mano bajo la falda, la verdad fue que cerré los ojos y pensé en quien no debía pensar.
Cuando saqué el juguete del cajón aquella noche, ya no era la chica torpe de la primera vez. Sabía qué quería. Y por una vez, iba a tomármelo con calma.