Lo que vi desde mi ventana el primer día de clases
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Cuando Sandra salió de la tienda con esa sonrisa que conocía tan bien, supe que esa noche no había marcha atrás. Le había dado permiso. Ahora solo tenía que ver.
Era viernes, el departamento estaba vacío y el calor de mayo no me dejaba quieta. Me tiré en la cama y decidí dejar de resistirme.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Trabajaba instalando sistemas de seguridad y tenía acceso a las cámaras de ambas casas. Nunca imaginé lo que iban a grabar.
Cada tarde ponía el dildo en la silla y seguía trabajando. Me estaba preparando para darle a Marcos lo que llevaba meses pidiéndome.
Llegué al gimnasio con el cabello húmedo, sin ropa interior y temblando. Él me esperaba en la puerta. Cuando cerró la llave, supe que no había vuelta atrás.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Éramos amigos desde la adolescencia, los dos casados, los dos seguros de quiénes éramos. Hasta que él me mandó ese video y algo en mí dejó de ser tan seguro.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Daniela me había dicho que lo que la excitaba era darle esas experiencias a quien nunca lo esperaría. Esa noche en el desierto, un camionero fue el elegido.
Subió al piso 28 con el vestido morado y los tacones de aguja sabiendo lo que iba a pasar. Lo que no esperaba era que su cuerpo no obedeciera la promesa de no sentir.
Lo seguí en Instagram por curiosidad y terminé leyendo sus textos a medianoche con el corazón acelerado. Solo texto. Solo palabras. Solo él.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Cuando vi la foto de su cuerpo supe que estaba en territorio desconocido. No lo cerré. Lo guardé. Y esa decisión lo cambió todo.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
Quería hacerle a papá el mejor oral de su vida mientras Andrés lo filmaba desde el sillón. Lo que ocurrió después nadie lo planeó.
Ajustó los binoculares hacia la ventana iluminada del cuarto piso y encontró algo que no estaba destinado para él.
Estaba mirándola por la cámara cuando la llamé. Ella no sabía que la veía. Y aun así los dos terminamos haciéndonos lo mismo al mismo tiempo.