Lo que mi cuerpo me enseñó esa tarde sola en casa
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
Hay mañanas en que el cuerpo me gana antes que la mente. Las sábanas húmedas, las caderas moviéndose solas, y entonces te invento a ti: un desconocido que me rompe entera.
Cada mañana me despierto con el mismo fuego. No es amor, no exactamente. Es algo más urgente, y ningún alivio dura lo suficiente para apagarlo del todo.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Carmen dormía al sol desnuda mientras yo tomaba la peor y mejor decisión de mi vida. Cuando despertó y vio el estado en que estaba, no reaccionó como esperaba.
Cuando el director del banco me propuso una cena privada en su suite, yo solo pensaba en salvar el apartamento. No imaginaba lo que despertaría en mí esa noche.
Era la primera vez en semanas que tenía la casa para mí sola. Supe desde el primer segundo exactamente lo que iba a hacer con esas horas.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Anduve quince minutos hasta su hotel con el vestido más corto que tenía. Sabía exactamente para qué iba y no me importaba que se notara.
Cuando el paquete llegó con la muñeca equivocada, el doctor estuvo a punto de devolverla. Entonces entró su nueva paciente y todo cambió.
Llegué primero a la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados y, cuando lo oí venir por el pasillo, supe que esa noche íbamos a hacerlo en silencio.
Cuando gritó mi nombre en el parking para que todos la oyeran, supe que la semana entera de tensión en la oficina estaba a punto de explotar.
Ernesto llevaba años sin mirarme así. Entonces llegaron los vecinos de enfrente y en una cena encendieron algo que creíamos dormido para siempre.
Nunca le di like. Nunca comenté. Solo leía sus textos a medianoche y me preguntaba si él también pensaba en alguien como yo.
Cuando la tapé con la manta y mi mano rozó sin querer la curva de su cadera, supe que iba a tardar mucho en apartarla de ahí.
Marcos llegó a casa con la excusa del divorcio. En cuanto los padres de Mateo se fueron, se quitó el bañador y preguntó si a su sobrino le molestaba.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
Tenía cuarenta y cinco días para pagar el embargo o perder el apartamento donde dormía mi hijo. Esa noche, frente al espejo, decidí que el orgullo no era un lujo que pudiera permitirme.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.