El vaso, la apuesta y el trío que no planeamos
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.
Llevaba semanas diciéndome que era lo correcto: poner distancia, coger ese avión y no mirar atrás. Pero cuando abrí la puerta y lo vi, todo se fue al traste.
Saqué sus bragas del cesto convencido de que dormía. Levanté la vista y ahí estaba ella, en la puerta, mirándome con la incredulidad ya convertida en otra cosa.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.
La vendedora me aseguró que nadie podría verme. Cuando la caja cayó al piso, me quedé expuesta ante tres desconocidos que no pensaban marcharse.
Cuando empezaron los gemidos al otro lado de la pared, ella dormía a mi lado. Lo que vi en el espejo esa madrugada todavía no sé cómo contárselo a nadie.
Era solo un nombre en una lista larga. Cuando ella encendió la cámara, todo lo que creía sobre el deseo cambió para siempre.
El gas era casi invisible, pero sus efectos no. En segundos, el uniforme dejó de ser una armadura y se convirtió en algo que quemaba la piel desde adentro.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.
Cuando Aurelia se quitó el vestido frente a mi cámara, supe que aquella sesión de fotos no iba a terminar como las demás.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.
Entré a buscar ropa en su cajón y encontré más de lo que esperaba. Lo que pasó después nos cambió a los tres para siempre.
Había entrado a comprar un juguete. No esperaba terminar en el suelo de la tienda, completamente desnuda, con extraños mirándome desde el otro lado de una caja caída.
Bajo su chaqueta, algo se movía. Debería haberme ido. En cambio, deslicé la mano y lo que siguió después cambió ese verano para siempre.
Cuando Valentina entró a la cocina esa mañana, él estaba apoyado en la isla con el café en la mano y una mirada que no tenía nada de fraternal.
Llevaba meses sin abrir esa carpeta oculta en mi teléfono. Esa noche, el insomnio y el deseo decidieron por mí.
Caminé descalza por el pasillo y apoyé la frente en la puerta del cuarto. Sabía que él vendría detrás. Y sabía exactamente qué iba a hacerme allí.
Cuando subí a su coche esa mañana no sabía que iba a terminar el día con dos hombres distintos dentro de mí y un secreto imposible de contarle a mi novio.
El lunes solo descubrió que no podía quitarme los ojos de encima. El viernes me dio la llave de la biblioteca y me citó a las seis.
Una cala escondida, un mirador sobre el mar y una apuesta: él tenía un minuto para hacerla llegar antes de que los pillaran.