Tres años siguiendo al hombre que no me conoce
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Cuando colgué el teléfono, la madre ejemplar ya había muerto. Solo quedaba la mujer dispuesta a entrar a esa suite con vestido morado y tacones.
Llevaba catorce años mintiendo con el cuerpo. Aquella tarde en la camilla de Lucía, por primera vez, dejé de fingir.
Siempre me habían gustado los hombres. Eso creía yo, hasta la noche que mi amiga me miró de una forma diferente y algo dentro de mí respondió sin que yo lo decidiera.
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.
Marcos tenía el cuerpo que yo tenía a su edad. Esa noche, con todos durmiendo, noté que algo más que el calor nos separaba en esa cama estrecha.
Cuando se desabrochó el botón del pantalón en el asiento del copiloto, supe que esa tarde no iba a llegar a casa por el camino más corto.
La cláusula séptima decía: firmar es consentir, consentir es convertirse en material. Lo entendí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Tenía veintiséis años y nunca había hecho nada parecido. Entré a esa sala con las manos temblorosas y salí siendo otra persona.
Solo llevaba un abrigo largo y botas de tacón. Su único plan era sentir las miradas de extraños recorriéndole el cuerpo mientras fingía hacer la compra.
La mirada de Marcos me atravesó como no lo había hecho nadie en años. Esa tarde, sola en el baño del trabajo, supe que necesitaba más.
Si nos hubieran dicho esa mañana que íbamos a terminar en una habitación con espejo en el techo, ninguno de los dos lo habría creído.
Cuando vi al hombre acercarse por el camino, él me apretó la cabeza con más fuerza. No pensaba detenerse. Ni yo quería que lo hiciera.
Él tardaba en cambiarse. Ella esperaba afuera. Y un grupo de turistas pasó por el lugar equivocado en el momento perfecto.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Cuando ella dijo que sí sin vacilar, el salón quedó en silencio. Los cuatro lo supimos: algo había cambiado y ya no había vuelta atrás.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.
Cuando empujé la puerta del cuarto sin pensar, la toalla se le escurrió hasta el piso y nuestros ojos se cruzaron en el espejo durante un segundo demasiado largo.
Me lancé al lago sin pensarlo dos veces. Cuando salí del agua, mi ropa, mis botas y mi mochila habían desaparecido. Estaba sola y desnuda en la selva.