Valeria, mi vecina trans del piso de enfrente
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Seguía desnuda con el cuerpo de Sara encima cuando la cremallera se abrió. Dos chicos asomaron la cabeza. Y ninguno de los cuatro parecía tener prisa por dormir.
Éramos el tipo de personas que nunca rompían las reglas. Hasta que cumplimos cuarenta y decidimos que una noche podíamos permitírnoslo todo.
Ella bajó del coche con la falda levantada y su marido, desde el asiento del conductor, me preguntó con calma si me gustaba lo que veía.
Me planté en la sala con tacos, tanga y corpiño de aro, los pechos completamente al aire. Las otras chicas me miraban boquiabiertas. Yo nunca había pisado un lugar así.
Me pidieron que entretuviera a su hermana y mirara para otro lado. Era un plan razonable hasta que Valeria decidió que no iba a dejarse ignorar.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
Cuando su mano me ajustó la postura desde atrás, sentí su cuerpo contra el mío y supe que lo que venía no tenía nada que ver con el entrenamiento.
Iba al gym sin ropa interior a propósito, para que se notara todo. Después de semanas de miradas, él por fin se acercó con una propuesta que no dejaba margen de duda.
Daniela me había dicho que lo que la excitaba era darle esas experiencias a quien nunca lo esperaría. Esa noche en el desierto, un camionero fue el elegido.
Subió al piso 28 con el vestido morado y los tacones de aguja sabiendo lo que iba a pasar. Lo que no esperaba era que su cuerpo no obedeciera la promesa de no sentir.
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Abrió la puerta del carro con una calma que no esperaba. Sin fotos, sin nombres, sin saber qué vendría. Subió, cerró la puerta, y todo cambió.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando subí al cuarto las encontré en ropa interior, riéndose. Habían intercambiado la lencería. No supe si era un juego o una invitación.
Cuando vi la foto de su cuerpo supe que estaba en territorio desconocido. No lo cerré. Lo guardé. Y esa decisión lo cambió todo.
Nunca había tenido novio, nunca había estado con un hombre. Cuando la llevé a mi piso esa tarde, sus manos temblaban pero no se soltaron de mí.
Esa mañana entré a su cuarto sin llamar. Ella seguía en cama, encerrada en su propio dolor. Y yo supe que era el único que podía ayudarla.