Lo que pagué por ser la imagen del instituto
Treinta candidatas, un rector con demasiado poder y yo con treinta y ocho años y toda la experiencia del mundo. Pensé que podía manejarlo. Me equivoqué a medias.
Treinta candidatas, un rector con demasiado poder y yo con treinta y ocho años y toda la experiencia del mundo. Pensé que podía manejarlo. Me equivoqué a medias.
Cuando ella le ajustó la postura por tercera vez y sintió la presión bajo los shorts, decidió que esa mañana la sesión iba a ser muy distinta a las anteriores.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Entré a esa zona restringida a propósito. Había algo en esos hombres uniformados que me atraía desde que llegamos, y yo sabía exactamente lo que buscaba.
Llegué buscando distraerme de una vida que se caía a pedazos. Tres horas después estaba arrodillada frente a un desconocido y nada en mí volvió a ser igual.
El gimnasio aún no había abierto cuando ella le tiró de la muñeca y lo metió en el vestuario vacío. Esa clase no estaba en el menú de la app.
La primera vez que Valeria vio a Marcos, él era su cliente. La última vez que lo vio en esa celda, ya no lo era solo.
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
Cuando Mateo le susurró que iba a probar algo que no se olvidaría más, Camila no sabía que esa noche su exmarido aparecería y dos oficiales le mostrarían qué significaba ganar.
Llevábamos tres días casados cuando Adrián me susurró al oído en pleno café romano lo que iba a pasar. Debí decir que no. No lo dije.
Llevábamos semanas deseándonos y esa noche de carnaval, sin condón ni cama, todo ocurrió donde menos lo esperábamos.
Una presentadora de televisión. Un sobre anónimo. Un heredero de veinte y tantos años esperando en la suite. Y un marido que quería oírlo todo.
Creí que participar significaba solo mirar. Esa noche, mi esposa me tomó de la nuca y me enseñó que mi papel en nuestro trío era completamente distinto.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Cuando el hermano mayor entró por esa puerta, ya era demasiado tarde para arrepentirme. Estaba en ese hotel, entre los dos, con el deseo ganándole a la vergüenza.
Tenía 48 años, un matrimonio estable y una mentira perfecta. Cada semana cruzaba esa puerta y me convertía en otra mujer. Una que no sabía que existía.
Cuando me dijo que era virgen, no supe si reírme o abrazarlo. Elegí lo segundo. Lo que vino después fue inevitable.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.