La travesti de la oficina que los tuvo de rodillas
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Rodrigo llevaba rato mirándolas desde su toalla cuando Clara le hizo la señal. La playa vacía y el cielo en violeta hicieron el resto.
Llegamos al motel calientes y llenos de expectativas. La fiesta no fue la orgía prometida, pero Miguel sabía exactamente cómo hacerme olvidar todo eso.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Cuando me susurró en la cama lo que quería para su cumpleaños, supe que esa noche todo cambiaría. El casino privado fue solo el principio.
Me había prometido no salir de la habitación ese día. Pero cuando Daniela me escribió diciéndome que estaba cerca, supe que la noche iba a terminar diferente.
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Cerré los ojos bajo el antifaz y la voz de mi padre construyó cada detalle. Ya no estaba en mi cuarto: estaba con Rodrigo, y él hacía exactamente lo que yo había soñado.
Lo había visto en la app media hora antes: cincuentón, activo, con una foto que prometía. A medianoche estaba en su ascensor y ya no había vuelta atrás.
Nuestros anfitriones en Groenlandia nos explicaron que compartir el calor del cuerpo era la forma más profunda de dar la bienvenida. Esa noche entendimos qué significaba de verdad.
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.
Me dijo que reservara el sábado. Sin detalles. Cuando llegué a su departamento y vi el traje de látex sobre la cama, entendí que la noche sería diferente.
Crucé las piernas para distraerlo sin saber que dos días después iba a estar de rodillas entre sus libros, mientras los demás chicos salían del instituto sin sospechar una sola cosa.
Llegué solo por curiosidad, prometiéndome que sería una copa y ya. Pero cuando la puerta se abrió antes de que tocara, entendí que él llevaba horas esperándome.
Llevaba siete días esperándolo. Cuando bajó del avión, mi cuerpo gritaba algo que él aún no sabía: estaba con la regla y, esa noche, no me importaba en absoluto.
Mi mujer me besó mientras un desconocido le retiraba el pelo de la nuca. En ese instante supe que el plan que yo había trazado había dejado de existir.
Acostada y sola en la cama, repaso aquella tarde en que me arrodillé detrás de su silla mientras él jugaba con el micrófono abierto y sus amigos.
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
Cuando entró a la habitación pensaba que iba a ser otra noche más. No había visto la mochila que dejé sobre la silla, ni la cuerda asomando del cierre.
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.