Mi boda terminó en un trío que no habíamos planeado
Valentina llevaba todo el día mirándola distinto. Cuando el último invitado se fue, los tres subieron a la suite y el silencio lo dijo todo.
Valentina llevaba todo el día mirándola distinto. Cuando el último invitado se fue, los tres subieron a la suite y el silencio lo dijo todo.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.
Llevaba toda la semana ensayando cómo decirle lo que necesitaba esa noche. Cuando entró por la puerta del departamento, supe que ya no haría falta hablar.
Cuando vi su nombre en la pantalla, supe que no iba a rechazar esa llamada. Ya sabía de lo que era capaz de hacerme sentir, y quería repetirlo.
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Habíamos parado a ver el atardecer en un mirador apartado. Lo que no esperaba era que él, sin venir a cuento, propusiera echar un polvo allí mismo.
Estaba respirando hondo frente a la puerta del cuarto cuando sus manos me rodearon la cintura por detrás. No estaba preparada para lo que venía.
Cuando vi al masajista entrar desnudo a la sala de aceites, supe que aquello no era un regalo de aniversario normal. Y tenía razón.
Habíamos pasado tres semanas sin vernos. Cuando lo recogí en su casa ya sabíamos los dos que no íbamos a terminar en ningún bar.
Después de la tercera copa de vino supe que esa noche iba a pedirle algo que no le pedía desde hacía mucho. El corazón me latía antes de abrir la boca.
Por las mañanas era la esposa invisible de siempre. Por las noches escribía lo que no me atrevía a pedir. Hasta que alguien lo leyó y decidió dármelo.
Olía a tabaco y a campo, no a perfume caro. Cuando bajé a la cocina por agua a las tres de la mañana, supe que estaría ahí, fumando bajo la luna.
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Llevaba semanas diciéndome que era lo correcto: poner distancia, coger ese avión y no mirar atrás. Pero cuando abrí la puerta y lo vi, todo se fue al traste.
Aquel armario de hombre comía un bocadillo en la barra. Bastó cruzar miradas para saber que esa noche iría a buscarlo a la puerta de la discoteca.
Cuando Valeria le corrigió la postura en la máquina, él no pudo evitar que se notara. Ella lo vio, sonrió y le propuso algo que no estaba en ningún programa.
El jardín estaba oscuro cuando Marcos me arrastró detrás de los setos. Lo que vino después, entre champán y cuerpos, no lo había planeado nadie.
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.