Esa noche le enseñé todo al hermano de Laura
Cuando Marcos me confesó que podía ayudarme con las dos cosas, entendí que esa noche de disco iba a terminar mucho mejor de lo esperado.
Cuando Marcos me confesó que podía ayudarme con las dos cosas, entendí que esa noche de disco iba a terminar mucho mejor de lo esperado.
La puerta entreabierta dejaba escapar un gemido sofocado y yo, paralizado entre las sombras del pasillo, no podía moverme ni dejar de mirar lo que estaba viendo.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
Llevábamos meses sin tocarnos. Cuando por fin lo tuve sobre mí, supe que no íbamos a dormir esa noche, ni la siguiente, ni ninguna mientras pudiera evitarlo.
A los sesenta y tres años llevaba una década masturbándome sola. No esperaba que la chica del cuarto libre fuera a cambiar eso para siempre.
Camila tiró de la sábana sin pensar y se quedó mirando justo donde no debía. Lo que vino después cambió la forma en que mi hermana y yo nos hablábamos para siempre.
Cuando cerró con llave la puerta de la biblioteca, supe que mi pequeño juego de faldas y miradas acababa de cruzar una línea sin retorno.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.
Salimos a buscar un callejón y volvimos con un secreto. Algunos viernes te cambian sin pedirte permiso.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Estaba etiquetando mercancía cuando sonó el teléfono. Era ella otra vez, y la voz le temblaba un poco. Su marido doblaba turno el viernes y no quería esperar.
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.